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lunes, 1 de agosto de 2011

Carlos, El Grande

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·   LITERATURA


 

 

El virus de la escritura*



Carlos Rengifo

La vida de los escritores está plagada muchas veces de anécdotas, impresiones y circunstancias que perfilan una forma particular de ver el mundo. Que nacen con un signo inequívoco señalándolos desde la infancia, es probable en ciertos casos, mientras que, en otros, hace falta el fogonazo predestinado, aquel episodio motivador que inocule el virus artístico y creativo que hay en todo escritor e inicie el camino literario hacia su consecuente destino. Si bien los conocemos por intermedio de sus obras, es a través de los rasgos vivenciales que podemos entenderlos y volcar hacia ellos nuestra simpatía o indiferencia. La obra vale y se defiende por sí misma; pero el influjo de la existencia diaria de quien escribe se filtra inevitablemente en el resultado, sea a la hora de fijar el tema como en el modo de enfrentarlo. Kafka tal vez no habría escrito lo que escribió si no hubiera padecido de tuberculosis; Flaubert quizás no habría modelado a Madame Bovary de la manera como lo hizo si en su alma calenturienta no hubiera anidado un fetichista. El trabajo meticuloso de un Marcel Proust por describir paso a paso la forma y el sabor de una magdalena no es gratuito; su naturaleza débil y enfermiza debió haber condicionado aquel interés por retener el tiempo.
Todo acto de creación tiene un arma de doble filo: por un lado, la satisfacción de dar vida a algo que surge de la nada, que aparece como por arte de magia a través del pensamiento y de la imaginación, y, por otro, el dolor del alumbramiento en el cual se deja no solo el sudor del esfuerzo volcado sino también parte de uno mismo. Escribir con pasión es la tarea más ardua y deslumbrante a la vez, porque al introducirse en el terreno de la ficción, al andar por un universo paralelo al de todos los días, estrujamos los sentidos, los sometemos a pruebas de resistencia en donde deben lidiar con fantasmas y demonios para salir airosos o morir en el intento. Y mientras creamos personajes, mientras imaginamos situaciones, recreamos y reinventamos el mundo para verlo de otra manera, aunque estos personajes y estas situaciones provengan del fruto de la realidad. De ahí entonces que la literatura sea como un espejo donde nos miramos a nosotros mismos sin reserva alguna, con nuestras alegrías y pesares, con nuestros anhelos y sinsabores, encontrando en la escritura tal vez las respuestas que no podemos hallar en el diario vivir. Las novelas, al tiempo que son fuentes de conocimiento, sirven asimismo para tocar fibras que emocionan y conducen a algo, que motivan una reacción. Una novela es un ser vivo que despierta con la intervención del lector.

Todo acto de creación tiene un arma de doble filo: por un lado, la satisfacción de dar vida a algo que surge de la nada […] y, por otro, el dolor del alumbramiento en el cual se deja no solo el sudor del esfuerzo volcado sino también parte  de uno mismo.
Leer es tan emocionante como escribir, es meterse en un ámbito donde todo puede suceder, es dar uso al entendimiento para, a través de las palabras, recorrer un espacio fuera de toda medida, es liberarse de ataduras para saborear las cosas que el escritor nos quiere dar como una fruta recién lavada que, a veces, será dulce y, otras, amarga. Ingresar en la lectura es como abrir una puerta de una casa desconocida porque no sabes qué vas a encontrar, y el escritor, en ese sentido, es el primer visitante, el primer lector de sus propios escritos. Escribir es olvidarse del mundo que nos rodea, es navegar por un lago que se nos presenta claro o sombrío conforme nadamos, y mientras estamos allí nada puede ser más importante que eso, nada nos hará desistir porque ese momento de concentración nos hace inmunes a cualquier ruido exterior. Pueden ocurrir muchas cosas allá afuera, pero el escritor seguirá escribiendo en su loca tarea de crear mundos ficticios. Por más que lo sacudan, por más que se esfuercen en distraerlo, el escritor se mantendrá en sus trece, si es consecuente con su vocación, hasta que haya terminado con lo que se propone hacer, sea el resultado final bueno o malo. Y es que el bichito de la creación, el virus inoculado, es una cosa seria y complicada que hasta el propio escritor no sabe cómo controlarlo. Tal vez no exista un antídoto especial para eso, pero mientras el escritor continúe infectado, habrá más escritura, más ansias de expresión y más libros.
Al embarcarnos en la aventura de escribir una novela, nos sometemos a todos los síntomas de esta enfermedad creativa, nos inyectamos diariamente de la dosis que nos hará adictos a la escritura y «padeceremos» de sus efectos durante días, meses, incluso años, en los que nuestra mente estará fija en un solo punto. La «rehabilitación» vendrá después (si se da), al término del viaje absorbente y esforzado, cuando salgamos de ahí con un aura distinta, con los rezagos de un camino recorrido. Algunos emergerán de una manera o de otra, dependiendo de cuán profunda haya sido su entrega; pero lo bueno de todo ello es que la escritura es el único vicio que no es nocivo; al contrario, es alimento nutricio para el cerebro, abono para el campo fértil, agua para el sediento. Quien se envicia con esto no se pierde, se libera; no agoniza, revive; no se convierte en un despojo, se vuelve más bien un individuo que, despertado por las palabras, trabaja ahincadamente con la esencia del ser humano.
Al escribir El jardín de la doncella, no he hecho más que dejar que mi mente actúe, que mis armas narrativas —afiladas por los libros que ya he escrito— luchen, se esfuercen en un doble trabajo que resulta ser una novela cuyo desarrollo abarca un tiempo remoto, no actual, no al alcance de la mano, y por lo tanto, realizar una labor investigativa no solo fue una necesidad inevitable sino que resultó la tarea más enriquecedora y productiva que he ejecutado hasta el momento. Mi intención de mostrar una novela con estas características en tiempos tan modernos como el de ahora, en que no podemos concebir el mundo sin Internet, blackberrys y I-Books, es más o menos la misma de Umberto Eco cuando afirmaba, refirié
ndose a su novela ambientada en el medioevo: «Me siento libre de contar por el mero placer de fabular (…), y me reconforta y me consuela el verla tan inconmensurablemente lejana en el tiempo (…), tan gloriosamente desvinculada de nuestra época, intemporalmente ajena a nuestras esperanzas y a nuestras certezas». Pero, a diferencia del magnífico escritor italiano, que consideraba su obra histórica, yo en cambio pienso que El jardín de la doncella, más que una novela histórica, es una historia ambientada en el pasado como un homenaje a la palabra y a la imaginación.



*Texto leído la noche del miércoles 27 de julio de 2011, en la sala Ciro Alegría de la 16ª Feria Internacional del libro de Lima
Enviado por correo electrónico el domingo 31 de agosto de 2011

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