Música Wave

miércoles, 3 de agosto de 2011

Martín Adán en la memoria


A Martín Adán

(Realmente siempre estuve apartado del mundo

o sumido en la bohemia.

Como un viejo samana,

probé de la turbia embriaguez del ciclo de las mutaciones

buscando siempre una salida,

una brecha,

que me permitiera evadir el dolor que produce el vacío)

¿Y qué es la soledad para usted Martín, para usted Adán?


-Es mi medio habitual,


convivo con ella desde ha mucho tiempo.

Te pediría no obstruir el paisaje de los faroles

que alumbran más allá de las veredas.

El panorama cambia como una película desde todas las esquinas

y los hombres son como niños inocentes.

Al final sólo queda resignarse.

Ya no me angustia la muerte,

es más, me río de ella.

¿Y tú quieres saber de mí?

Yo sólo sé de mi paso

de mi peso

de mi tristeza y mi zapato.

Si esa respuesta no te complace,

vete a ver el mar.

Ya nadie vive por razones.

Se muere por sentimientos,

lo que es más deprimente.

Después de 60 años la memoria se hace mierda

y se escribe poesía para apoderarse del mundo.


(Respondo el teléfono,

la niña escucha atentamente mi declaración.

Rebobino el ojo limpio de su sonrisa)


Estoy viejo, sí,

pero jamás he estado tan a merced

de volver de la locura.

Por eso escucho a los borrachos de San Pedro

repetir su destino:

Los poetas somos pésimos profetas.

Vedrino Lozano Achuy

Del Libro: Boleros para uno y otro tiempo.(Hipocampo Editores 2005)

lunes, 1 de agosto de 2011

Carlos, El Grande

.

·   LITERATURA


 

 

El virus de la escritura*



Carlos Rengifo

La vida de los escritores está plagada muchas veces de anécdotas, impresiones y circunstancias que perfilan una forma particular de ver el mundo. Que nacen con un signo inequívoco señalándolos desde la infancia, es probable en ciertos casos, mientras que, en otros, hace falta el fogonazo predestinado, aquel episodio motivador que inocule el virus artístico y creativo que hay en todo escritor e inicie el camino literario hacia su consecuente destino. Si bien los conocemos por intermedio de sus obras, es a través de los rasgos vivenciales que podemos entenderlos y volcar hacia ellos nuestra simpatía o indiferencia. La obra vale y se defiende por sí misma; pero el influjo de la existencia diaria de quien escribe se filtra inevitablemente en el resultado, sea a la hora de fijar el tema como en el modo de enfrentarlo. Kafka tal vez no habría escrito lo que escribió si no hubiera padecido de tuberculosis; Flaubert quizás no habría modelado a Madame Bovary de la manera como lo hizo si en su alma calenturienta no hubiera anidado un fetichista. El trabajo meticuloso de un Marcel Proust por describir paso a paso la forma y el sabor de una magdalena no es gratuito; su naturaleza débil y enfermiza debió haber condicionado aquel interés por retener el tiempo.
Todo acto de creación tiene un arma de doble filo: por un lado, la satisfacción de dar vida a algo que surge de la nada, que aparece como por arte de magia a través del pensamiento y de la imaginación, y, por otro, el dolor del alumbramiento en el cual se deja no solo el sudor del esfuerzo volcado sino también parte de uno mismo. Escribir con pasión es la tarea más ardua y deslumbrante a la vez, porque al introducirse en el terreno de la ficción, al andar por un universo paralelo al de todos los días, estrujamos los sentidos, los sometemos a pruebas de resistencia en donde deben lidiar con fantasmas y demonios para salir airosos o morir en el intento. Y mientras creamos personajes, mientras imaginamos situaciones, recreamos y reinventamos el mundo para verlo de otra manera, aunque estos personajes y estas situaciones provengan del fruto de la realidad. De ahí entonces que la literatura sea como un espejo donde nos miramos a nosotros mismos sin reserva alguna, con nuestras alegrías y pesares, con nuestros anhelos y sinsabores, encontrando en la escritura tal vez las respuestas que no podemos hallar en el diario vivir. Las novelas, al tiempo que son fuentes de conocimiento, sirven asimismo para tocar fibras que emocionan y conducen a algo, que motivan una reacción. Una novela es un ser vivo que despierta con la intervención del lector.

Todo acto de creación tiene un arma de doble filo: por un lado, la satisfacción de dar vida a algo que surge de la nada […] y, por otro, el dolor del alumbramiento en el cual se deja no solo el sudor del esfuerzo volcado sino también parte  de uno mismo.
Leer es tan emocionante como escribir, es meterse en un ámbito donde todo puede suceder, es dar uso al entendimiento para, a través de las palabras, recorrer un espacio fuera de toda medida, es liberarse de ataduras para saborear las cosas que el escritor nos quiere dar como una fruta recién lavada que, a veces, será dulce y, otras, amarga. Ingresar en la lectura es como abrir una puerta de una casa desconocida porque no sabes qué vas a encontrar, y el escritor, en ese sentido, es el primer visitante, el primer lector de sus propios escritos. Escribir es olvidarse del mundo que nos rodea, es navegar por un lago que se nos presenta claro o sombrío conforme nadamos, y mientras estamos allí nada puede ser más importante que eso, nada nos hará desistir porque ese momento de concentración nos hace inmunes a cualquier ruido exterior. Pueden ocurrir muchas cosas allá afuera, pero el escritor seguirá escribiendo en su loca tarea de crear mundos ficticios. Por más que lo sacudan, por más que se esfuercen en distraerlo, el escritor se mantendrá en sus trece, si es consecuente con su vocación, hasta que haya terminado con lo que se propone hacer, sea el resultado final bueno o malo. Y es que el bichito de la creación, el virus inoculado, es una cosa seria y complicada que hasta el propio escritor no sabe cómo controlarlo. Tal vez no exista un antídoto especial para eso, pero mientras el escritor continúe infectado, habrá más escritura, más ansias de expresión y más libros.
Al embarcarnos en la aventura de escribir una novela, nos sometemos a todos los síntomas de esta enfermedad creativa, nos inyectamos diariamente de la dosis que nos hará adictos a la escritura y «padeceremos» de sus efectos durante días, meses, incluso años, en los que nuestra mente estará fija en un solo punto. La «rehabilitación» vendrá después (si se da), al término del viaje absorbente y esforzado, cuando salgamos de ahí con un aura distinta, con los rezagos de un camino recorrido. Algunos emergerán de una manera o de otra, dependiendo de cuán profunda haya sido su entrega; pero lo bueno de todo ello es que la escritura es el único vicio que no es nocivo; al contrario, es alimento nutricio para el cerebro, abono para el campo fértil, agua para el sediento. Quien se envicia con esto no se pierde, se libera; no agoniza, revive; no se convierte en un despojo, se vuelve más bien un individuo que, despertado por las palabras, trabaja ahincadamente con la esencia del ser humano.
Al escribir El jardín de la doncella, no he hecho más que dejar que mi mente actúe, que mis armas narrativas —afiladas por los libros que ya he escrito— luchen, se esfuercen en un doble trabajo que resulta ser una novela cuyo desarrollo abarca un tiempo remoto, no actual, no al alcance de la mano, y por lo tanto, realizar una labor investigativa no solo fue una necesidad inevitable sino que resultó la tarea más enriquecedora y productiva que he ejecutado hasta el momento. Mi intención de mostrar una novela con estas características en tiempos tan modernos como el de ahora, en que no podemos concebir el mundo sin Internet, blackberrys y I-Books, es más o menos la misma de Umberto Eco cuando afirmaba, refirié
ndose a su novela ambientada en el medioevo: «Me siento libre de contar por el mero placer de fabular (…), y me reconforta y me consuela el verla tan inconmensurablemente lejana en el tiempo (…), tan gloriosamente desvinculada de nuestra época, intemporalmente ajena a nuestras esperanzas y a nuestras certezas». Pero, a diferencia del magnífico escritor italiano, que consideraba su obra histórica, yo en cambio pienso que El jardín de la doncella, más que una novela histórica, es una historia ambientada en el pasado como un homenaje a la palabra y a la imaginación.



*Texto leído la noche del miércoles 27 de julio de 2011, en la sala Ciro Alegría de la 16ª Feria Internacional del libro de Lima
Enviado por correo electrónico el domingo 31 de agosto de 2011

lunes, 25 de julio de 2011

AMY WINEHOUSE

carta certificada a
amy winehouse
desde lima ciudad



me cuentan mi querida amy que no puedes librarte de esos tus demonios (elogio excesivo?)
que cada mañana te despiertas y el minutero te pone frente a lo que no sabes: te encuentras en la clínica de rehabilitación?
>>rehab! rehab! rehab!<<
ó en tu casa?: en ese hogar que parece tan desconocido para ti: sin genio ni diablura para tus pasos –esos-que se pierden implacables
en la niebla de tu ciudad –esa- que debe ser tan apabullantemente triste como la mía
se pierden buscando –día que se clava-- como una bala perdida mal apuntada sin rumbo ni definición ese halo de fugaz felicidad que esperas se ponga alguna vez (finalmente) de pie
se pierden con la misma irresponsabilidad con que las letras de tus canciones se mezclan con mis nostalgias y prestigios
sí! se pierden
y entonces inevitable verte aspirando cocaína una vez más ó sumiéndote inentendible en los humos que aspiralados capturan tu inocencia perdida
-que se pierde como
caballo desbocado en la oscuridad-
en los vasos de alcohol eterno en las comisuras de las sonrisas ó de las iras irrefrenables ante los no sé cuántos encontronazos ante la misma puerta cerrada
frases comunes ideas recurrentes versos recitados en la madrugada retorcidos de
inanidad…
qué más sino eso me brindas mi acariñada amy cada día y cada tarde hasta que pueda encontrarme con tu presencia
sola
con esas tus manos que tiemblan en su indolente sevicia
con eso que ha perdido voces
pero no pasión
que ha ganado reflectores vanos
doloridos ojos—como subirse a un bus y ser apretado y vuelto sordo y escupido é insultado y decidir de pronto no querer pagar más (jamás!) un pasaje urbano.
porque eso es la ciudad y no la quiero en mí.
la ciudad de Suffolk te volverá –a ti- a resguardar y el pub monarch de London te ofrecerá nuevamente la oportunidad de volar inflexible -sin alas- hacia la nada
hacia el cielo que no tiene infiernos
ángeles caídos tambaleantes padecientes enfisemas pulmón que sobrevive cáncer brutal de mis ancestros
ángel caído
mi amy tambaleante
incidentes
estados puros
de embriaguez
mi amy
puro vino  y uva salada
mi amy.
ricardo quesada

*escrito  en lima siendo tarde esperando que la vida termine siendo agua que simplemente beber sin más ni más*



lunes, 18 de julio de 2011

Emilio Adolfo Westphalen: El hacedor de poesía

Emilio Adolfo Westphalen: Cien años de ser poesía

David Antonio Abanto Aragón

 

No me oyes más leve que las hojas
Porque me he librado de todas las ramas
Y ni el aire me encadena
Ni las aguas pueden contra mi sino
No me oyes venir más fuerte que la noche
Y las puertas que no resisten a mi soplo


Emilio Adolfo Westphalen



Fotografía: Herman Schwarz




Entre el deleite y la desazón continuos


 En muchos escritores contemporáneos, el arte reemplaza a la religión; en Emilio Adolfo Westphalen, poeta esencial, es el territorio por excelencia a nuestro alcance a través del acto de creación. A cien años de su nacimiento recordemos su testimonio: “El objetivo de la experiencia poética es el poema, pero la construcción del poema, al mismo tiempo, es el medio por el cual el poeta se reconoce y se sitúa en la vida” (WESTPHALEN: 1997,143).
No obstante, creemos que frente a esta afirmación del poder del arte, también surge la conciencia de su ineficacia, aspecto que —aproximándolo al desencanto de un Arthur Rimbaud o de un José Gorostiza— lo tienta a optar por el silencio. Grandeza y miseria de la experiencia estética que encuentran una formulación sintética en el siguiente pasaje: “estimo la actividad poética al igual que toda otra actividad estética como una necesidad vital. No se obtendrá de ella naturalmente la “abolición de la muerte”, pero sí, quizás, hacer más llevadera la vida. Sería una expresión de la condición humana, del impulso a no admitir lo real como definitivo e incambiable, a querer superarlo. En la poesía, en la revolución y en el amor veo actuantes los mismos imperativos esenciales: la falta de resignación, la esperanza a pesar de toda previsión razonablemente contraria” (WESPHALEN: 1997, 145).
Observemos que la tríada surrealista (poesía-revolución-amor) es asumida de un modo peculiar por Westphalen con una moderación y una sensatez poco surrealistas. Lo cual nos confirma la impresión que produce su poesía como un fruto mesurado de raíces surrealistas heterodoxamente abonadas por diversas tendencias de la modernidad lírica (Romanticismo, Simbolismo, etc.) e inclusive por la poesía mística del Siglo de Oro español (GONZÁLEZ VIGIL: 1999, 408).


Falsos rituales, auténtica poesía


Procedamos a comentar su espléndida creación poética sintetizada con acierto por Iván Ruíz Ayala del siguiente modo: la extraordinaria producción juvenil (1930-1939), con dos poemarios que están entre los más hermosos y perdurables del vanguardismo peruano e hispanoamericano (Las ínsulas extrañas y Abolición de la muerte), el dilatado silencio poético (1940-1971) y el retorno espléndido a la creación poética (en marcha desde 1971, con mayor intensidad a partir de su retorno al Perú en 1984) (RUIZ AYALA: 1997).
El período más relevante de Westphalen, el de sus formidables poemarios vanguardistas, somete la lección surrealista a un registro heterodoxo, más arquitectónico, producto de una escritura vigilante y escrupulosa, diversa del automatismo psíquico de asociaciones libres y soterradas con una magistral reelaboración de la tradición de la poesía lírica (desde la poesía trovadoresca y petrarquista, así como la mística española de los siglos XVI y XVII; hasta el Romanticismo y sus herederos el Simbolismo y el Surrealismo) a través de una sapientísima “música callada” de muchos versos (apenas dieciocho poemas constituyen el total de su obra, en este período, nueve poemas en cada libro) que presagia el dilatado “silencio poético” de cuatro décadas en una especie de auto inmolación creadora.
No hay necesidad de acudir a los paradigmas consabidos de abstención —nada raros en la poesía contemporánea especialmente entre los protagonistas y herederos del romanticismo “interior” (en gran medida alemán), el Simbolismo y algunos movimientos de vanguardia como el Dadaísmo y el Surrealismo: el destierro de Rimbaud, la “página en blanco” de Stephane Mallarme, etc.— hasta pensar en el nutrido grupo de poetas peruanos que han “amordazado” o “clausurado” de algún modo su labor poética: Manuel González Prada, José María Eguren, Carlos Oquendo de Amat, Martín Adán, César Moro, Jorge Eduardo Eielson, por mencionar los nombres más ilustres y que mejor encarnan el estigma de la Modernidad como búsqueda infructuosa de la Palabra y de la Vida, marginalidad, ruptura, autonomía, etc.
En el ámbito hispanoamericano, no hay quizá silencio más elocuente que el del mexicano José Gorostiza (México 1901-1973) quien después de su obra maestra, el extenso poema Muerte sin fin (1939) guardó un silencio estricto y total hasta los años sesenta. Junto a un prodigioso virtuosismo formal —una cumbre de la poesía del siglo XX— Gorostiza alcanza como ha apuntado Octavio Paz, perito en trascendencias y vacuidades, la corrosiva visión del ser como perpetua destrucción y de la palabra poética como forma vacua, deleznable. Nada más consecuente que el silencio ante éxtasis al revés, ante esta iluminación disociadora (PAZ:1957,114).
Debemos advertir que en la obra de esta etapa espléndidamente vanguardista de Westphalen, hay una profunda unidad que nos presenta su poesía como un continuum sin bordes definidos, sometida a un riguroso control artístico ajeno a lo más espectacular de la aventura vanguardista.
Su obra posterior los poemas contenidos en Otra imagen deleznable (1980), Arriba bajo el cielo (1982), Máximas y mínimas de sapiencia pedestre escuchados al desgaire sin certificación de autenticidad por E.A.W. (1982), Belleza de una espada clavada en la lengua (1986), Ha vuelto la diosa ambarina (1988), Cuál es la risa (1989), Bajo zarpas de la quimera (1991) y Falsos rituales y otras patrañas (1992); no alcanza la excelencia lustral de los poemarios de los años treinta, pero posee una atmósfera y un tono diferentes, plasmadas con meritos poéticos dignos de encomio. Esta obra alejada del estallido vanguardista acentúa el legado simbolista (hasta retomar la “Diosa Ambarina” de su admirado José María Eguren) y una versión personalísima de la poesía contra la poesía, o desencantada de la magia poética que sucedió al trascendentalismo post vanguardista, dentro de lo que cabría clasificar de “antipoesía” sin ceñirse a la escritura del chileno Nicanor Parra ni de poeta alguno, sino como actitud disolvente y cuestionadora de la poesía. Si los movimientos vanguardistas confiaban en el poder de sus propuestas poéticas, Westphalen se suma al clima desmitificador en marcha desde los años cincuenta en Hispanoamérica, el que despliegan en el Perú poetas como Jorge Eduardo Eielson y Blanca Varela.
El enigma westphaleano no es el del poeta que opta por el silencio o el del que recupera la escritura perdida, sino el del creador que vive el deleite y la desazón continuas de la poesía, experimentándola como una tensión permanente, irresuelta entre el silencio y la palabra, la magia y el desencanto, el horizonte de la imaginación liberada (onírica y arquetípica) y el lastre inevitable de andar sobre la tierra a expensas del tiempo y de la muerte. Su propuesta nace de la frustración de quien se lanzó a la aventura de la Modernidad (a “abolir la muerte”, así como Charles Baudelaire partió en pos de lo ignoto o Arthur Rimbaud quiso instalar una “vida nueva”) y, al modo del Altazor del chileno Vicente Huidobro, terminó cayendo, “antipoeta y mago”, constatando que padecemos “tiempos de miseria” conforme a lo que enunció el alemán Friedrich Hölderin en forma de angustiada pregunta en uno de sus o poemas “para qué poetas en tiempo de miseria?” citada y comentada por Westphalen en una intervención memorable en el Encuentro con la Poesía Hispanoamericana el año 1994: “¿No habrá esperanza? Talvez la reacción más sana sea la actitud de las víctimas del Terror durante la Revolución Francesa. Mientras esperaban turno para ser conducidos a la guillotina – se despreocupaban de la amenaza como si no les atañera en lo absoluto. Hacían en lo posible una vida ordinaria –escribir cartas o versos- enamorarse u odiarse- no mirará ni atrás ni adelante- vivir día a día en la plenitud del presente. Puede que alguno de vosotros me ofrezcáis soluciones más esperanzadas y menos estoicas. Yo me atengo a la sabia propuesta de los organizadores de este Encuentro. Todavía existe la buena poesía –juntémonos a su alrededor y oigamos lo que nos dice. El volcán ruge —mientras ruja tenemos tiempo para la danza el canto la poesía— si viene la lava nos cogerá en nuestro mejor momento.” (WESTPHALEN:1994,1)
Por ello a diferencia del movimiento surrealista (asimilado por nuestro poeta, sobre todo entre 1935-1939 período al cual pertenecen unos textos calificables de surrealistas que fueron reunidos por André Coyné en la recopilación titulada Cuál es la risa), el cual esgrime a la Poesía como una magia incandescente, una fiesta perpetua, un salto a la revolución interminable, Westphalen se esmera, en esta etapa de retorno a la escritura poética, en subrayar su inutilidad, su trascendencia vacua, su fascinante condición de espuma (otra Venus que condensa a Eros y la Belleza) rápidamente absorbida por la arena y por el aire: reino de la Quimera y del deseo que nos atrapa en sus “falsos rituales”, incapaces de transfigurar la realidad (inicua, frustrante, intolerable) que nos circunda. Los versos de Westphalen ya no son las espirales envolventes de los poemarios vanguardistas, en sus poemarios posteriores nuestro gran poeta opta por una discusión concentrada, lacónica, elíptica, pautada por una puntuación expresiva que torna a su escritura una feliz conjunción de la fluidez de la prosa y del ritmo del versículo (empleamos este término por considerarlo más apropiado al carácter ritual de estos poemarios). Nada menos que otras patrañas a las que el poeta y el lector de poesía se entregan a pesar de todo o, mejor dicho, a pesar de nada, de esa nada que es la magia de la palabra imantada por la Poesía.


Arte y poesía


Otro campo en el que Emilio Adolfo Westphalen destacó es el de la dirección de revistas de primer orden que se cuentan entre las mejores del continente. En 1939, inmerso en un silencio poético” que lo mantuvo alejado de la creación literaria, fundó y dirigió el número único de la hoja de poesía y crítica con el título de El uso de la palabra que planeó conjuntamente con su gran compañero de ruta César Moro a quien nuestro autor secundó en algunas empresas febriles más, por ejemplo la publicación de un panfleto contra el poeta ultraísta Vicente Huidobro. Luego fundaría y dirigiría entre 1947-1948 una revista abierta a muchos horizontes Las Moradas que con sus ocho números cumplió un papel de importancia mayor en la consolidación de la modernización de la cultura literaria y artística del medio peruano siendo considerada con justicia como una de las publicaciones mejor logradas de Hispanoamérica. Colaboraron en ella muchos poetas españoles en exilio como Jorge Guillén, Pedro Salinas, Emilio Prados, también dio cabida amplia a las nuevas generaciones: aparecieron los primeros textos en Lima de André Coyné, Javier Sologuren, Blanca Varela, Francisco Bendezú, además de algunos dibujos de Fernando de Szyszlo, inclusive el creador inglés Tomas Stearn Eliot autorizó la publicación en la revista de uno de sus ensayos traducido al español. Luego de una prolongada ausencia del Perú (New York, 1949-56; Roma, 1956-63) en el ejercicio de su función de intérprete de la Organización de la Naciones Unidas que favoreció el incremento de su incontenible voluptuosidad lingüística, ya sabiamente sometida un control artístico ajeno a lo más espectacular de su aventura poética de los años treinta abierta a diversas lecciones, y asimismo auspició su acercamiento a las fuentes mismas del arte contemporáneo y del clásico que serán asimiladas en forma mesurada y honda —considérese que en el plano vital Westphalen opta siempre por una insularidad y discreción poco compaginables con “la vida escandalosa” de los surrealistas cabales— ubicándose en su creación artística, en una línea intermedia entre la ruptura vanguardista (encarnada en la figura surrealista plena de gran repercusión difusora fuera del Perú de César Moro) y la llamada “vuelta al orden” (ejemplificada por otro cómplice suyo: Martín Adán quien luego de su precoz vanguardismo de La casa de cartón, se lanzó a la búsqueda del absoluto con virtuosismo cultista y perfección formal en La rosa de la espinela, 1939, y Travesía de extramares, 1950, y con turbulencia agónica y abisal en Escrito a ciegas, 1961; La mano desasida, 1964; La piedra absoluta, 1966; y Diario de poeta, 1975) capaz de entusiasmarse con la obra y la vida de José María Arguedas y de enarbolar como paradigma creador al poeta José María Eguren. A su retorno en 1963 por pedido de José María Arguedas, a la sazón Director del Instituto Nacional de Cultura, se encargará de la dirección de la Revista Peruana de Cultura en 1964 hasta 1966. Paralelamente Westphalen se incorporó como catedrático a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y en 1967 realizó labor de extensión universitaria a través de una gran revista de artes y ciencias auspiciada por la Universidad Nacional de Ingeniería: Amaru. Esta revista que editó y dirigió entre 1967 y 1971 adquirió mucha más importancia de la que tuvo Las Moradas, contó con excelentes colaboradores entre quienes destaca Mario Vargas Llosa. Luis Alberto Sánchez llamó la atención con el parecido nominal de la revista Amaru con la revista Amauta (SÁNCHEZ: 1981,1523) la de mayor trascendencia y trayectoria en el siglo XX que bajo la dirección de José Carlos Mariátegui, entre 1926 y 1930 supo dar cabida a las más diversas manifestaciones artísticas sin someterlas a premisas ideológicas. Los catorce números aparecidos de Amaru la convierten en la mejor revista cultural que ha tenido nuestro país luego de Amauta. En 1971 Westphalen volvió a ausentarse del país para iniciar una larga vida diplomática como agregado cultural en lugares como Roma, México y Lisboa hasta 1980. Desde ese entonces residió en Lima hasta el 17 de agosto del 2001.
A este aspecto como editor y promotor cultural debe añadirse su sutileza crítica y es que los poetas cabales como Westphalen suelen ser formidables degustadores de la Poesía y el Arte, con criterio y gusto seguro. Es decir, críticos en potencia. Y críticos de enorme potencia esclarecedora. Más bien, con frecuencia los críticos que carecen de la energía poética que deberían alumbrar las lecturas y las reflexiones, se quedan en datos anecdóticos o eruditos, interpretaciones superficiales y valoraciones descaminadas. Estaremos de acuerdo, entonces, con las sustanciosas palabras de Luis Jaime Cisneros cuando señalan que “Westphalen no juzga a las personas ni encara los hechos y las obras como crítico sino como artista, como hombre hecho de sensibilidad y dominado por una profunda preocupación estética. Los críticos —lo dice él mismo— buscan “conseguir una explicación coherente”, en tanto que a él le importa que los textos, las cosas y los hombres, tengan vida auténtica y puedan mostrar “toda la plétora de representaciones, muy concretas y sensibles, la marejada contradictoria de las pasiones, las corrientes vagabundas de los instintos”. (...)No vemos en sus ensayos por eso al crítico sino al lector dispuesto a dejarse sorprender por todo cuanto pueda parecer digno de perplejidad o de una inocente mirada.” (CISNEROS: 1997, pp.8-9). Constátese ello en las compilaciones de sus escritos publicados bajo el título de La Poesía, los poemas, los poetas (1995) y Escritos varios sobre arte y poesía. Sus textos pueden ser calificados como “varios” no sólo por la diversidad de temas y autores que abordan, sino también por su factura heterogénea: discursos, ponencias, artículos de gran organicidad crítica, notas, lances en polémicas virulentas; ensayos sobre cuestiones centrales de la Poesía y el Arte, etc. La segunda compilación nos presenta numerosas piezas sobresalientes como las dedicadas a César Moro y José María Arguedas; a sus consideraciones sobre la importancia de José María Eguren; sus puntualizaciones sobre lo que constituye el Dadaísmo y el Surrealismo; sus recuerdos y meditaciones sobre nuestra realidad histórico-cultural. Podríamos espigar, por ejemplo, la perspicacia de “Quien habla de quemar a Kafka” a la solvencia con que formula reparos y reservas frente al libro de uno de sus grandes compañeros (cuya creación poética admiraba sin ambages) en “De lo barroco en el Perú; una opinión adversa a la tesis de Martín Adán”.


Envío


Hoy que celebramos los cien años del nacimiento de Emilio Adolfo Wetsphalen, valoremos en su condición de lector superlativo, sabio y entrañable, exigente y con el corazón a flor de piel, además de poeta, traductor, director de revistas de primerísimo orden, un crítico digno de tal nombre. Por algo, nuestro genial escritor, gran compañero de ruta y mejor cómplice de Westphalen, José María Arguedas (hasta hermanado está por el centenario de su nacimiento), reacio como era a los críticos literarios y a los escritores profesionales, confiaba plenamente en el criterio de nuestro gran creador, recordemos que fue el primero en captar la calidad excepcional del libro póstumo de Arguedas El zorro de arriba y el zorro de abajo (1971) tomando distancia de quienes hablaban, en mayor o menor medida, de un fracaso literario. Vale.
Finalizamos nuestro modesto homenaje al legado westphaleano invitando a los lectores a ese festín múltiple de la inteligencia sensible o la sensibilidad inteligente que le aguarda en los escritos del inmenso Emilio Adolfo Westphalen.






Independencia, viernes 15 de julio del 2011


viernes, 22 de abril de 2011

DEJA VÙ

Deja Vù I


Foto intervenida por David Cota


No me gusta escribirte en Internet.
Cuando te escribo todos mis sentidos participan del rito:
mis manos sujetan el bolígrafo sobre la blancura del papel. El olfato huele la tinta que combina a perfección con el aroma de un bond alisado.
Voy urdiendo las palabras a la vez que, sin querer, oigo los crujidos de la hoja y el golpeteo incesante de mi caligrafía.
Entonces, lo que estaba vacío se convierte en algo propio.
En una prolongación de lo que soy y paralelamente en un eslabón, en una alianza contigo.
Quizá por eso no me gusta escribirte en Internet.
Prefiero ser un arcano escriba o un copista medieval y dar riendas sueltas al trazo imperfecto, sin sistemas
porque somos imperfectos
y curiosamente cobardes al no poder dar riendas sueltas a lo que sentimos.
Vamos llenándonos  de que haceres y deberes
de reuniones y programas, de pedagogas y poetas y nuestros sentires terminan confinados a unos minutos, a unas horas
o a las visitas de ocasión.
Pero es que me resulta agradable la idea de visitarte, de verte, de engreírte
de corroborar que esa primera mirada posee la sabiduría que le es ajena en la raíz a los mecanismos de la razón.
Oh sí me fascina este juego de espejos que acontece al mirarnos.
Son tan pequeños para el ser los instantes para el libre albedrío, ejercitar el decir sin ambages  y sin pensar o saber.

Los ritos son necesarios cuando se ama.
Y cuando por fin estamos juntos el ritual se convierte en una eucaristía donde todo es unión.
Comunión y fiesta.
Es así que vamos fortaleciendo nuestros lazos.







Deja Vù II
Para mi Analy


Nunca entenderé el misterio que nos hizo coincidir en la misma ciudad, en la misma calle, en el mismo solar y bajo el mismo lente.
Entonces recordé al viejo capa gris: “los magos nunca llegan temprano ni tarde, sino cuando deben llegar”
Quizás el amor sea como los magos y nosotros aún somos incapaces de discernir el por qué, cuándo y cómo de nuestras apariciones.
No se necesita ser adivinos o alquimistas para comprender el principio de las cosas.
Indudablemente de esta manera singular e inequívoca vamos urdiendo un mundo propio y nuestro.
Adivino quien esta a mí lado así como tú intuyes quien soy.
Los dolores y las ilusiones que escondo detrás de cada poema no es vanagloria ni propia ni tuya.
Es la sabiduría primordial de aquello que sentimos o creemos sentir pero que en realidad nos re-inventa, nos re-crea, nos re-produce o tal vez nos hace únicos e imprescindibles...



 Poema: Vedrino Lozano Achuy.

miércoles, 13 de abril de 2011

Ricardo Quezada. Un poeta de los extramuros




SURI MANTA

Porque los vientos
Serán siempre dioses


Suri Manta hace fuego de los vientos
Y los corazones cantan
Cañas y carrizos conforman esta realidad
De plumas y tocados
De cintas multicolores
De Wifalas inevitables
Suri Manta toca
Y las Huacas abren sus espacios
De sabiduría a los hombres humanos ya

Suri Manta y su música
Es lo único que me puede pasar hoy
Lo único que rozará las líneas mágicas
Que nos unen a los santos espíritus de nuestros ancestros
Oh! Pachakámac
Dios dador de oráculos
Generador
De espacios humanos
De ofrendas
Primer paso
Hacia los Dioses de Huarochirí
Hacia el Pariakaka
Hacia el inmenso Huaytapallana
Y los Apus esos que nos alojarán
En sus vientres
Lozanos
Puros

 Suri Manta
Y tus plumas solitarias
Y tus manos constructoras
Y tus labios deshechos en la inmensidad
De lo eterno
Música
Sonidos
Ruidos
Pasos
Huellas invisibles en las manos
Creencias buenas
Creer
Creer
Si! Creer
Ustedes lo hacen
Y entonces nos salvan a los poetas
A los hombres de azul
Azul de tristessa
De lamento
De realidad
Penuria de lo real
Ustedes nos salvan
Hombres constructores

Y fue así en el vientre eterno de El Averno
Que nos conocimos
Demonios
Diablos
Ángeles
Y arcángeles
Todos juntos
Y nuestros ancestros
Momias sagradas en procesión
Y las cintas multicolores
Como lluvia por doquier
Bañándolo todo
El Averno como Uchu Pacha
Como realidad paralela
Como lago eterno
Como Amantani y sus estrellas
Lujo de la noche
Oh! Isla circular
Y tú Titikaka
Lago agua peces orillas juncos vajilla
Ofrenda del alimento
De las hojitas de coca al amanecer
Al anochecer
Frutos que tenemos
Almas que tenemos
Pieles que tenemos y compartimos
Suri Manta
Suri Manta
Hoy que estás en mí
Creo en ti

domingo, 3 de abril de 2011

Poema: Recorrer una rayuela

foto: vedrino lozano achuy
Recorrer una rayuela implica memorizar mil veces la entrada
así sublimamos el verbo morir.
Il faut oublier
tout peut s’oublier.
Hay que olvidar
todo se puede olvidar.
Te sumerjo en un vaso de aguas termales.
Tus cabellos brotan como orquideas y madreselvas.
El arcoiris de mi infancia lluviosa había marcado tu rostro
e iluminaba los pétalos ajados del arroz.

He dejado mi corazón sobre el tragaluz
para intentar la purificación.
Purificándome.
Disecándome
poema: vedrino lozano achuy