Música Wave

martes, 22 de marzo de 2011


"Creo que de alguna manera todos los que nos dedicamos al arte en general, lo hacemos sobre la base de ciertas pulsiones, obsesiones, tal vez deseos oscuros, de alguna manera nos mueven a plasmarlos en nuestra obra artística. En mi caso, en cuentos. Borges decía que toda persona que muestra cierto grado de sensibilidad tiene que necesariamente sentirse tocado por el tema de la muerte." F.C.N





FERNANDO CARRASCO NÚÑEZ

LA PUÑALADA

     Usted debe estar pensando, como muchos, que yo estoy muy feliz de tener a Malena como enamorada, pero déjeme decirle, profesor, que estas últimas semanas, en la Universidad y en mi casa, han sido para mí un verdadero infierno. Me siento terriblemente mal. Siento algo así como si me hubieran clavado una puñalada en el corazón. No, en serio, profesor, no le miento ni exagero nada, en verdad la estoy pasando muy mal, tanto es así que le confieso que estoy a punto tal vez de cometer una terrible locura. Por eso he querido conversar con usted para contarle las cosas que me están sucediendo. Espero no le incomode que me haya acercado así de sorpresa a su oficina y le haya pedido que por favor me escuche unos minutos y me dé sus consejos. Gracias, profe. Yo sabía que usted iba a saber escucharme y comprenderme porque es bastante joven y además inspira mucha confianza, por eso en el salón la gente lo admira y lo estima mucho, yo en especial.
 
 Sí pues, profesor, como le comentaba, la estoy pasando muy mal estos días debido a mi relación con Malena. Ah, pero no le voy a negar que las primeras semanas que pasé con ella fueron quizás las más felices de mi vida. Todo fue maravilloso. Le cuento que cuando nos conocimos a inicios del primer ciclo, yo no hacía más que mirarla y mirarla durante y fuera de las clases. Es que desde el comienzo quedé embobado por ella. Ni se imagina, profe. Me encantó su manera tan desenvuelta de comportarse. Sus aires de diva por sentirse una de las chicas más admiradas de la facultad. Su manera tan provocadora de caminar. Sus gustos tan particulares. Además de su carita y su lindo cuerpo, claro. Siempre tomaba la iniciativa en todo.
Si hasta fue ella quien hizo que nuestra relación comenzara. Es que yo me moría por Malena, pero no sabía cómo decírselo. Antes yo nunca me había declarado a ninguna chica, profe. Siempre se me han acercado las muchachas bonitas, no me puedo quejar, pero toda la vida yo he sido bastante cobarde, desde los tiempos del colegio. Ah, y no solo en cuestión de amores, sino también pues para las discusiones y las broncas con los palomillas del barrio, y recordar todo eso ahora me llena de rabia porque yo siento que he cambiado mucho y estoy convencido también de que las cosas no siempre tienen que permanecer igual, uno tiene que aprender a quemar etapas para iniciar cosas nuevas en la vida, ¿no cree, usted, profe? Ya ve, entonces tengo mucha razón. Por eso le digo que ahora que han pasado los años, así como yo, muchas cosas tienen que cambiar, porque el gran cobarde que fui ya se murió. Sí, profe, antes era un verdadero cobarde para todo. En verdad, se lo juro, cómo le voy a mentir a usted, pues. Pero el tiempo pasa y todos cambiamos. Sí, profe, acertó, hace unos meses ya cumplí los dieciocho años, ya soy ciudadano, ya no estoy para niñerías, ¿no cree, usted? Pero como le digo, antes siempre fui muy chupado en cuestión de muchachas y otras cosas más que ahora no vienen al caso, creo. Claro, anteriormente, después de grandes esfuerzos, había salido al cine con algunas chicas de mi barrio, pero todo así en plan de amigos nomás. Por eso cada vez que con Malena nos íbamos en el ómnibus yo quería decirle lo que sentía por ella, pero las palabras no me salían para nada, todo se me trababa, lo máximo que había avanzado fue acariciarle las manos algunas veces hasta que un día que viajábamos en el ómnibus al ritmo de Soda Stereo ella se me acercó y me dio un terrible beso que nunca voy a olvidar, profe. Sí, buenazo el primer beso de Malena en el ómnibus. Claro, después de ese beso declararle mi amor ya fue algo más fácil. De allí todo fue bacán, profesor. Durante el segundo ciclo siempre nos íbamos juntos al salir de la Universidad. Parábamos de arriba para abajo todo el tiempo. Los amigos decían que hacíamos una bonita pareja, aunque ella me lleva un par de años, como usted debe saber. Pero lo más bacán de esas semanas del segundo ciclo fueron nuestros paseos por el Parque de la Reserva y el Campo de Marte. También gracias a ella fue que conocí más sobre el rock clásico porque fuimos a algunos conciertos que organizaban sus antiguos amigos del colegio. Ah, y algo mejor fue que Malena me hizo conocer las películas de Kurosawa y Godard porque en varias ocasiones fuimos a la Filmoteca para ver el ciclo completo de esos maestros del cine. Pero recuerdo como algo especial la tarde que, mientras vagábamos por las calles de la ciudad, a ella se le ocurrió de un momento a otro que ingresáramos a un viejo cine para ver una película de estreno. Lo recuerdo como algo especial, no por la película en realidad, creo que fue una peli de terror, de las que a ella también le gusta ver, sino porque esa tarde dentro del cine ella no se mostró interesada en la película y eso me gustó muchísimo. Le cuento que casi toda la función nos la pasamos besándonos como locos en un rincón, amparados por la oscuridad. Yo terminé con los labios hinchados de tantos besos esa tarde. Me acuerdo muy bien de ese día, profe, porque además de los besos apasionados que nos dimos, ella permitió por primera vez que le acariciara los senos, incluso recuerdo que fue ella quien llevó mis manos hacia sus pechos. Está bien, profesor, no seré muy detallista al respecto, pero es que recuerdo todo y me emociono y me gana la lengua, pues. Desde ese día ya agarramos más confianza. Nos veíamos en la Universidad y salíamos todos los fines de semana. En mi casa, mis padres comenzaron a sospechar porque empecé a salir muy seguido y porque ya no me veían tan apegado a los libros que antes tanto me gustaba leer. A mí me hubiera gustado contarle a mi padre todas estas cosas, pero él solo vive para sus amigos y las fiestas, además estoy seguro de que lo hubiera tomado todo a la broma y se la hubiera pasado fregando a cada momento. Y mi madre, ni hablar, ella habría pegado el grito en el cielo y más si se hubiera enterado de que Malena me lleva dos años. Será tal vez por eso que he querido contarle todo esto a usted que es un profesor muy correcto, buena gente y que se lleva chévere con todos sus alumnos. No me lo agradezca, profe, es la purita verdad, nada más. Y le cuento, pues, que las cosas llegaron a su punto más alto cuando, a fines de ese segundo ciclo, una tarde Malena me invitó a su casa para presentarme a sus padres. Yo fui muy bien vestido para impresionar, recuerdo que durante todo el trayecto a su casa trataba de encontrar una cara que me hiciese parecer un poco mayor, y así disimular mis dieciocho años. Pero cuando llegamos a su casa nos dimos con la sorpresa de que sus padres no se encontraban. La casa estaba vacía, profe. Toda la casa estaba vacía para Malena y yo. Entonces ella preparó unos refrescos en la cocina y me dijo que pasáramos a su habitación para ver unos videos de conciertos de David Bowei y Jim Morrison hasta que volvieran sus padres. Pero pasaba el tiempo y sus padres no regresaban. Poco después, Malena me confesó al fin que sus padres no volverían hasta muy de noche porque ahora recordaba que habían ido a visitar a un pariente que esa tarde estaba de cumpleaños en un distrito lejano. Entonces fue que se me abalanzó como una verdadera gata en celo y me llenó de besos y caricias por todo el rostro y el cuello hasta que comenzó a desvestirme y… está bien, está bien, profe, solo le diré entonces que esa tarde pasó pues. Fue mi primera vez y la pasé de lo mejor. Ni se imagina las cosas maravillosas que Malena me hizo en esos momentos. Fue un día que jamás podré sacar de mi cabeza, pase lo que pase. Bueno, pues, así de lo mejor continuamos los primeros meses de este tercer ciclo, todo se convirtió en un verdadero vicio para nosotros; sin embargo, en estas últimas tres semanas, de un momento a otro, las cosas han cambiado muchísimo, profe. Es por eso que le digo que la estoy pasando muy mal últimamente, me siento espantosamente mal, como si hubiera recibido una horrenda puñalada en pleno corazón y siento por eso que estoy al borde de cometer una verdadera locura. Además, como resultado de todo esto, no he cumplido con algunos trabajos de la Universidad y estoy saliendo muy mal en los exámenes, pues no logro concentrarme en los estudios un solo instante, hasta pesadillas he tenido las últimas semanas. No sé qué puedo hacer, por eso he venido hacia usted para que me pueda ayudar con sus palabras, profe. Bueno, le cuento, pues. Hace tres semanas, Malena cambió rotundamente, ha sido como si de pronto se hubiera transformado en otra persona muy distinta a la Malena que yo he comenzado a amar intensamente, y eso es muy doloroso. No sabe cuánto me afecta ahora su frialdad, su lejanía. Está bien, profe, no se preocupe, no voy a llorar, pero es que todo esto me resulta tan difícil de comprender. Y además esta situación me hace sentir dispuesto a todo por ella porque, como le dije, uno no siempre tiene que ser un verdadero cobarde, pues, eso estuvo bien para los tiempos del colegio, las cosas no siempre tienen que permanecer igual, ¿no cree usted? Le cuento que desde hace tres semanas ella está buscando siempre cualquier pretexto para irse sola después de clases. La primera vez me dijo que tenía que encontrarse con una prima para ir de compras y yo le creí, pero ahora me sale con cada cuento que yo no creo, por supuesto. Inclusive ahora que la llamo los fines de semana para ir a la Filmoteca, como lo hacíamos siempre, me dice que está muy ocupada con las tareas de la Universidad o que sus padres la van a llevar hacia alguna reunión de familia y así solo podemos vernos de cuando en cuando, y a mí eso me atormenta porque yo siento que la necesito más que nunca, profe. Siento que necesito de su presencia, de su voz, de su cuerpo. Es una vaina esto de estar terriblemente templado. Sí, profesor, yo comprendo que ella también seguro necesita su espacio, que no siempre va a estar dependiendo de mis deseos de verla, pero este cambio abrupto también me llena de muchas dudas, pues. Claro que yo he conversado con ella al respecto, profe, pero Malena me dice que nada ha cambiado, y eso no es verdad porque yo siento que muchas cosas han cambiado, profe. Pero ella insiste con lo mismo y me dice, de nuevo, que todo sigue igual en su corazón, que lo único que sucede es que ahora anda más ocupada con sus quehaceres familiares y que quiere tener más tiempo sola para pensar también en sus cosas. Yo sé que todo eso es mentira. Sé que me engaña desvergonzadamente. Ella dice que me sigue queriendo como siempre y me pide que la comprenda, pero la verdad, profe, es que no le creo absolutamente nada de lo que me dice; es más, en estos días he comenzado a sospechar ciertas cosas que han despertado en mí unos celos espantosos que me torturan terriblemente como una puñalada clavada en el pecho. ¿Usted ha sentido celos alguna vez? Entonces debe saber muy bien que esto es lo más jodido que le puede pasar a un hombre que ama intensamente a una mujer, perdóneme la palabrita esa, profe, pero es que es la purita verdad pues, los celos son un sentimiento tan fregado que te quema el pecho y la cabeza, y te llena el cuerpo de una sensación horrenda que te impulsa a cometer cualquier locura. Mire, profesor, le voy a contar que últimamente, cuando estamos conversando con los amigos en el parque de la Universidad o en el comedor o en cualquier parte, ella recibe algunas llamadas a su celular y rápidamente se aleja de nuestro lado para no ser oída; yo me siento terrible en esos instantes no solo por los celos que me invaden, sino también porque los amigos comienzan a mirarme como diciendo qué estúpido eres, acaso no terminas de darte cuenta de nada, cornudo. Yo le he comentado todo esto a ella y Malena me dice que es su madre quien la llama y que no quiere que nadie escuche las discusiones que a veces tiene con ella por teléfono, que eso es todo. Y últimamente cuando le reclamo sobre algunos de estos asuntos que encienden mis celos, ella se enoja y me dice que yo soy enfermizamente celoso y que con seguridad será eso el único motivo por el que al final terminemos separándonos. Yo, por temor a perderla, tengo que permanecer callado cuando se producen esas malditas llamadas o cuando coquetea con algunos muchachos de otras facultades. No sabe lo que me cuesta disimular los celos y la furia que me atormentan en esos instantes. Y es que ella es tan hermosa y al mismo tiempo tan coqueta que hace que todo el mundo quiera arrancarla de mi lado. Pero le aseguro, profe, que no voy a perderla. Yo estoy dispuesto a todo por ella. Yo la amo y no la quiero perder por nada del mundo, por más que estos celos no me dejen en paz y me estén matando cada día. Porque, déjeme decirle, profesor, que todo esto no termina aquí, sino que hay un motivo principal que causa mi desesperación. Hace un par de días sucedió algo inesperado y este es el hecho que en realidad me hace exclamar que siento un mortífero puñal clavado en el pecho y que estoy a punto de cometer una terrible locura. Esta bien, profe, trataré de calmarme para seguir conversando. Hace dos días fue el cumpleaños de una compañera del salón y los muchachos decidieron celebrar su cumple en una de esas discotecas que están cerca a la Universidad. Sucedió que todos pedimos algunos tragos y comenzamos a bailar hasta que horas después la gente comenzó a embriagarse. Ya algo mareada Malena me pidió que la llevara a su casa, y durante el trayecto en el ómnibus de pronto comenzó a hablarme y sus palabras agudizaron mi tragedia, primero me besó y me dijo que yo le gustaba mucho, pero que, en realidad, yo aún era muy niño para ella; que a ella, por lo contrario, siempre le han atraído más los hombres algo mayores y que lo mejor era que nuestra relación ya no continuase más, pues no quería lastimarme. Cada una de esas palabras fueron golpes fulminantes para mí que me dejaron sin poder responder nada, ella tampoco dijo más en ese instante, pues se apoyó en mi pecho y cerró los ojos para poder dormir un poco, ya que al parecer el viento había incrementado su embriaguez por eso no pudo ver las lágrimas que habían comenzado a rodar por mis mejillas. Entonces, antes de que se quedase dormida del todo yo le hice algunas preguntas que ella respondió entre sueños. Minutos después, tuve que zarandearla para que bajara muy cerca de su casa. Sabe, profe, ayer y hoy la he vuelto a ver en el salón y me ha saludado con un beso en los labios como si esa noche no me hubiese dicho absolutamente nada. Me parece que en realidad no recuerda las cosas que me dijo, porque esa noche, antes de quedar completamente dormida en el ómnibus, me confesó algunas cosas que yo me moría por saber; ahora no las recuerda y seguro desea continuar con su jueguito, desea seguir burlándose de mí, precisamente de mí que la amo tanto, caracho, eso me enardece muchísimo, usted no sabe cuánto. No, profesor, yo no hablo sin estar seguro de nada, ahora sí ya tengo la certeza de que ella desea seguir burlándose de mí de manera descarada. Y sabe, profesor, por qué le digo todo esto. Bueno, pues, porque esa noche, en el ómnibus, ella misma me confirmó, entre sueños, lo que unas amigas que alquilan una habitación cerca de la Universidad me habían contado días antes. Estas chicas me comentaron que la semana anterior habían visto a Malena saliendo muy de noche de un hostal cercano a la Universidad, acompañada de un hombre. Yo no les creí absolutamente nada y las mandé a rodar, por supuesto, pero la duda ya estaba clavada como un puñal candente en mi corazón. Y fue por eso que esa noche, mientras íbamos en el ómnibus, le hice la bendita pregunta y ella me confesó, entre sueños, que ese hombre mayor que la había convertido en su amante era uno de nuestros profesores de la Universidad, y luego añadió que ese profesor no era otro sino usted, nuestro tan admirado profesor de Literatura. Le confieso que se me ha hecho muy difícil creer todo esto. Por eso, después de darle muchas vueltas a este asunto, he venido a buscarlo a su oficina para contarle esta historia y así de paso poder indagar más al respecto y estar completamente seguro de todo. Ahora, déjeme decirle, profesor, que usted con sus últimos gestos de animal acorralado y esa risita forzada que delata aún más su nerviosismo y esa gota de sudor que lentamente comienza a resbalar por su frente han despejado todas mis dudas, es por eso que en estos instantes en que usted torpemente se pone de pie para salir huyendo como un cobarde yo me adelanto a su huida, le cierro el paso y le devuelvo, de sorpresa y con toda mi rabia acumulada, este puñal ardiente que Malena y usted me clavaron por la espalda. Y sabe principalmente por qué lo hago, porque no está bien, pues, que uno siga siendo un verdadero cobarde toda la vida. ¿No cree usted, profesor?
                                                                    Del libro: La muerte y otras traiciones
Fernando Carrasco nació en Lima, en 1976. Estudió Educación en la Universidad Enrique Guzmán y Valle, e hizo una maestría en Literatura Peruana en la Universidad Mayor de San Marcos. Ha publicado Cantar de Helena y otras muertes.










domingo, 13 de marzo de 2011

El cazador de dinosaurios

Tras las huellas del cazador


Cuando Gabriel Rimachi Sialer me obsequió su libro El cazador de dinosaurios[1], lo primero que llamó mi atención fue el cuidado de la edición. Elegante por donde se lo mire. Al llegar a mi casa lo acomodé junto a los otros libros que esa noche generosamente me habían obsequiado. Paso el tiempo y el libro sequía en los anaqueles de mi biblioteca hasta que una tarde antes de salir al trabajo busqué algo para ir leyendo durante el trayecto de mi hogar a mi centro de labores. Así que escogí el libro de Gabriel. Muy buena elección. Lo disfruté al máximo. Pero sin darme cuenta había abierto una brecha que debía separarnos: la lectura

 La lectura es peregrinación nos dice Octavio Paz[2], pero también es libertad. Libertad, que según el poeta mexicano, le permite al lector no solamente descifrar la obra sino caminar por “los senderos que traza la escritura”, y ahí precisamente encontramos la validez del Cazador: la capacidad de leer sus historias de distintas maneras y sobretodo porque nos vemos retratados de alguna forma en ellos. Este proceso indudablemente nos llevará a tener en cuenta, no solamente al escritor, que por definición se expresa en sus libros, sino también al individuo, siempre difuso, contradictorio y cambiante, oculto aquí y visible allá. Pero no debemos olvidar que la realidad central hay que buscarla en la obra, que es al fin y al cabo la que importa.

Gabriel Rimachi Sialer es uno de eso pocos escritores que no puede renegar de una tradición sea esta propia o ajena. Es un narrador con mucha técnica (claramente se distancia de sus coetáneos[3] de finales de los años 90) desarrolla un trabajo genuino donde el principal protagonista es el lenguaje. Un lenguaje bien trabajado y tratado, donde incluso se percibe ciertos halos poéticos en atmósferas, que como buen camaleón, cambian de color: oscuras, grises, tristes, hilarantes y surrealistas. Sus historias cumple el requisito de todo buen cuento: buen inicio, tramas cautivantes y expectantes y finales redondos e inesperados.

Invito al curioso lector a leer cuentos como “Técnica mixta”. La historia es contada por un narrador testigo, sus ojos no se desprenden en ningún momento del personaje central, lo acompaña, lo compadece, nos trasmite su desesperación, su locura y su triunfo final. En ese ambiente surrealista vemos aparecer personajes célebres del arte sacados de su habitad natural y solo al final el narrador se revela: un perro. Sin duda un cuento bien logrado a nivel del manejo de las técnicas narrativas.

Otro cuento que merece una atenta lectura es “La noche del campeón” donde el autor se sirve de un mito urbano para mostrarnos la verdadera naturaleza del ser humano, aquella que obedece a los instintos sin medir las consecuencias de sus actos.

 Por su puesto no podía quedar fuera el relato que le da nombre a esta antología personal. Aquí Rimachi Sialer hace gala de un humor fino y un sarcasmo a pedir de boca. El protagonista de este cuento se metamorfosea de tal manera que podemos establecer inevitablemente un paralelo entre narrador y autor. Podríamos decir que el personaje de Rimatti es una re-creación de él mismo. Se burla finamente del oficio de escritor y donde además confiesa una admiración parricida por el nobel Vargas Llosa. Hilarante historia que atrapa el lector de principio a fin y que nos roba no solo una si no múltiples carcajadas.  
Gabriel Rimachi Sialer en su oficina de su casa en Magdalena

Sin temor a equivocarme creo que Gabriel Rimachi Sialer es, sino el mejor narrador de los últimos años de la narrativa peruana, está entre los mejores. Larga vida al cazador.                                                                                                                                                             


Vedrino Lozano Achuy



[1] Rimachi Sialer, Gabriel. El cazador de dinosaurios. Ediciones Altazor. Lima 2009
[2] Paz, Octavio. Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe. Alianza Editorial 1997
[3] No empleamos el término manido de generación  porque consideramos que es un narrador insular además que este método compartiendo la idea de Fernando Carrasco conlleva a formar lecturas reducidas y parcializadas. No es nuestra intención hacer eso.

lunes, 28 de febrero de 2011

Juan Carlos Lázaro



foto: Vedrino Lozano Achuy

  “No tengo nada contra la gente. Pero si eliges, la soledad también es un gran gozo. Es un espacio propio que puede servir como gabinete de experimentación, meditación y creatividad”
               J.C.L











Juan Carlos Lázaro, claramente se distancia de la generación del 70, su poesía esta marcada por un hondo lirismo que descubre y revela la realidad individual, cotidiana y colectiva que conmueve al lector. Hay algo que  lo emparenta irremediablemente con el personaje de Hesse:  Harry Haller, protagonista de El lobo estepario.
 Lázaro es un hombre que disfruta de su soledad, trabaja hasta las 5 y de ahi sale al encuentro con los amigos para tomar un trago y conversar.  Y es que Juan Carlos es un gran conversador y tiene anécdotas e historias que amenizan nuestros encuentros.

Juan Carlos Lázaro es poeta, periodista y editor. Nació en Lima (Perú) en 1952. Empezó a publicar en los años 70 en revistas como La tortuga ecuestre, Cronopios, SIC, Maestra vida y otras. De 1977 data su primer cuaderno poético, Las palabras, y de 1987 su libro Gris amanece la urbe del hambre. En 2001 publicó La casa y la hojarasca y tres años después obtuvo el accésit de publicación del premio internacional de poesía "Julio Tovar 2004" (Santa Cruz de Tenerife, España) con su libro Migraciones y exilios. Poemas suyos han aparecido en Reportorio Latinoamericano (Buenos Aires), Zen (San Francisco) y El caimán barbudo (Cuba). En Lima edita el boletín de política y cultura Hechos y argumentos y la revista de poesía Sol & niebla.

 

 He aquí dos textos a dos toque cada uno

DISCURSO DEL MÉTODO

En mi mesa de escribir,
sobre una página,
un escorpión negro avanza.

Con sus patas peludas y
aceradas, atraviesa como un loco
la ciudad desgarrada.

Es el escorpión mortal y
trágico el que asoma su cabeza de Hidra
a los acantilados sin playa.

Días de amor y alcohol lo abruman.
También la noche y el sexo
oscuro de las muchachas.

Vuelto a mi mesa de escribir
sus patas constatan, la misma página
sin una sola palabra.

EL BEDUINO

Desde hace veintiún días
No he vuelto a mirar el mar,
No he escrito un poema
Ni he tenido un amor
En todo este tiempo.
Pienso que la espuma blanca,
Habrá subido hasta las peñas,
foto: Vedrino Lozano Achuy
Que los maremotos habrán borrado
Las islas,
Que estarán los puertos
Inundados y sin marinos.
­Oh desolación!
Desde hacen veintiún días
Mis ojos solo ven
Desiertos naturales y tiendas.
La guerra no ha pasado
Por aquí todavía...




sábado, 12 de febrero de 2011

Nueva Narrativa Tarapotina

Las palabras de por si son metáforas, todas representan a los objetos. Es también el utensilio que nos permite expresar nuestro mundo interior, una forma de auto-descubrimiento, que a su vez va enriqueciendo a nuestra experiencia vital. En ese sentido la literatura y la vida (la vivencia) están fatalmente emparentadas. Martín Adán decía que “la vida no se elige: la vida se padece” efectivamente la vida a veces resulta ser eso: un constante sufrimiento, pero la vida en muchas ocasiones resulta ser una fuente de placer, de gozo y de asombro. Y es precisamente el asombro lo que nos conduce a descubrir experiencias nuevas y vitales, y a forjar nuevos objetos inasibles como la literatura. Y creo que el libro El árbol de Miuler Vásquez reúne todas estas cualidades.

Escribo estas líneas a partir de mi experiencia como lector y para ser sinceros me ha sorprendido mucho la destreza de su prosa muy bien trabajada y cuidada, por momentos hay postales poéticas que le dan otro matiz al libro. En una de las conversas le pregunté si había leído La casa de cartón y me dijo que si corroborando lo que sentí al “hojear” el libro (se percibe también la voz de César Moro). Al principio de da la impresión de ser un monólogo algo desordenado pero con una lectura atenta la esencias del libro aflora como lo que es una gran metáfora de todo, del hombre, de la vida. Me siento muy complacido de saber que en mi calurosa ciudad hay gente que está apostando por lo nuevo, que no se encasilla en los temas regionalistas ni en la poesía elemental. Hay de verdad talento literario en Tarapoto y el libro de Miuler Vásquez así lo demuestra. Solo su empeño y dedicación determinarán su propio camino, su futuro literario. Estoy seguro de que dará mucho que hablar.

domingo, 30 de enero de 2011

POEMA

foto: Vedrino LozanoAchuy
Invoco las lluvias de Oriente.
Voy a su encuentro sobre un diminuto pekepeke.
Ambos nos presentamos ante las fuerzas del viento y del aguacero.
Sin armas y desprovistos de cualquier energía superior que guíe nuestro curso.
Avanzamos lentamente…
Percibo la voz del río, su respiración de agua remota.
Invoco el sonido de la selva.    
Me responde el canto de las chicharras que acompañan
el fluir silente del gran río.
Sus aguas invaden la tierra y con ojos límpidos acarician el suelo de mis ancestros.
Vedrino Lozano Achuy
Foto: Vedrino Lozano Achuy

sábado, 22 de enero de 2011

Kachkaniraqmi: cien años de ser






foto: Olga Luna/1968
   
El 18 de enero pasado se celebró el centenario José María Arguedas. Supo encarnar en su obra narrativa los ideales, el amor profundo y las esperanzas de un Perú singular, humilde, desdeñado, vejado y rendido, pero maravillosamente vivo. 
Hoy queremos rendir un homenaje al escritor del Perú profundo, al poeta entrañable de la más dolorosa realidad contemporánea del Perú con un texto del crítico literario David Abanto Aragón. Acompañamos este  homenaje con unas fotos aparecidas en la Revista Visión del PERÚ en 1970. 








José María Arguedas, un vínculo capaz de universalizarse


David Antonio Abanto Aragón

Yo vivo para escribir, y creo que hay que vivir desincondicionalmente
para interpretar el caos y el orden”.

El zorro de arriba y el zorro de abajo (“Primer diario”)


Un escritor de todas las sangres

A cien años del nacimiento de José María Arguedas (Apurimac, 1911-Lima, 1969), aun falta desechar entre el gran público la imagen que lo presenta como un escritor espontáneo, de escasa conciencia en lo tocante a las técnicas literarias, como si su única preocupación hubiera sido la “quechuización” del español y no los recursos expresivos a emplear. Esto es errado.
Arguedas escribió con rigor y lucidez, y no solo con sangre y pasión, corrigió y revisó escrupulosamente, sin eliminar la intensa impresión de vida que transmiten al lector sus escritos. La técnica debía corresponder al contenido, el arte en conexión con la vida, sin amor al artificio (o la ficción) por el artificio mismo.
 Con toda razón Arguedas respondía a quienes pensaban que carecía de conciencia creadora: “¡Cómo diablos pueden suponer los doctores en crítica que un novelista escriba sin tener conciencia de los medios que emplea para interpretarse!” (carta a Jorge Puccinelli, Lima 11 de septiembre de 1955).
Arguedas distinguía entre los escritores que internalizan la vida urbana en su sensibilidad y saben hacerla aflorar en su virtuosismo técnico, y los que se quedan en la superficie de la imitación cerebral de las técnicas creadas por maestros europeos y norteamericanos, produciendo sin auténtica sensibilidad, con el frío oficio de un profesional. El magnífico alegato de Arguedas (“¡No es profesión escribir novelas y poesías!”, en el “Primer diario” de El zorro de arriba y el zorro de abajo) es, en primer término, una defensa del arte contra su reproducción mecánica no ya solo por la tecnología (por su reificación social y su conversión en mercancía vacía de conciencia), sino por su asimilación literal al mercado. Arguedas enfatiza que su sensibilidad es “a lo pueblo” y debe apropiarse de las técnicas reelaborándolas según su sensibilidad. La técnica debía corresponder al contenido, el arte en conexión con la vida, sin amor al artificio (o la ficción) por el artificio mismo.
     El marco de las celebraciones por el centenario del nacimiento de Arguedas constituye una ocasión propicia para rendirle homenaje, y no hay mejor homenaje que invitar a la lectura de sus obras y contribuir a rendir justicia a su densidad creadora. Ayudemos a desestimar la imagen inadecuada de Arguedas como autor de escasa o limitada cultura libresca sin interés por lo más innovador de la “nueva narrativa” mundial, ayudando a percibir y difundir que su obra pertenece (como una de las más originales y arraigadas en nuestras raíces culturales) al ámbito de la “nueva narrativa” hispanoamericana.


Un provocador diálogo con la nueva narrativa

Sirva de magnífica prueba, la desconcertante textura de El zorro de arriba y el zorro de abajo, entre la ficción novelesca, el diario íntimo y el ensayo, cruzando niveles textuales y técnicas muy complejas, en un provocador diálogo con el denominado “boom” de la nueva narrativa hispanoamericana.
  Hasta ahora el último libro de Arguedas es menospreciado, omitido y “ninguneado” (expresión de Arguedas en el Tercer diario de El zorro de arriba y el zorro de abajo) por la crítica, cuando no condenado por sus “defectos artísticos”, o reducido a un valioso documento biográfico y psicológico. Resulta sintomático, al respecto, que lecturas interpretativas realizadas por Mario Vargas Llosa y José Miguel Oviedo (en el caso de la primera a pesar de representar un saludable llamado para leer a Arguedas como lo que es: un creador literario), terminen realizando una valoración ideológica hostil a lo que Vargas Llosa considera en la base de cada una de las ficciones arguedianas: la Utopía Arcaica (una ideología “pasadista” y “reaccionaria”, en tanto contraria al inevitable proceso de urbanización e industrialización, propensa a idealizar la cultura andina para defender la postura colectivista, mágico-mítica, “irracionalista”, antimoderna y antiliberal) y que, según Oviedo, termina originando, en el caso de El zorro de arriba y el zorro de abajo, un relato que nuestro autor “deja en el estado de imperfección que precisamente quería superar” y cuyo “verdadero interés es ser una obra escrita al borde del abismo”. En estas dos lecturas predomina un reproche ideológico: la falta de “modernidad” de los postulados arguedianos —objeción que carece de pertinencia en una valoración estética—, pero además, ambas presentan una crítica artística: la expresión de un arte imperfecto, inarmónico, que no profundizó su exploración estética, con la que nos parece pertinente deslindar.
La destreza artística de Arguedas ha sido dilucidada por Roland Forgues, Julio Ortega y Ricardo González Vigil en lo concerniente a las grandes líneas del proyecto creador con especial interés concedido por Martín Lienhard y Eve Marie-Fell, en lo relativo a El zorro de arriba y el zorro de abajo. Líneas vinculadas estrechamente al esclarecimiento personal y el conocimiento de este país “impaciente por realizarse” (según expresión de Arguedas) que es el Perú.
Ya muchos críticos, como Cornejo Polar, Escobar, Rowe, Rama y Forgues, han acertado al enfocar que Arguedas era un artista de gran conciencia creadora. Con perspicacia, Rowe hace notar que las declaraciones de nuestro escritor que lo pintan reacio a reflexionar sobre las técnicas narrativas corresponden a los años sesenta: adoptó una “actitud defensiva” frente al “boom” y la “nueva novela”, debido a su “deficiente acceso” a un conocimiento sistemático de las técnicas en “sus años formativos” y, en especial, al hecho innegable de que su principal problema expresivo lo padecía “en términos del lenguaje, mientras que los problemas de la construcción narrativa y la presentación ocupaban un papel secundario”.
   Pero, como bien ha sabido destacar Rowe, aunque Arguedas le concedía “un papel secundario” a las técnicas literarias, no las descuidó en sus narraciones, empleándolas con gran vigor y originalidad expresiva, labrando texturas de la perfección de Los ríos profundos y “La agonía de Rasu-Ñiti” (dos obras que resisten la más exigente comparación con lo más admirable de la “nueva narrativa” hispanoamericana) y la complejidad de El zorro de arriba y el zorro de abajo.
Si bien Arguedas inició la creación de sus universos narrativos inserto en la estética del Indigenismo (su propia experiencia vital lo condujo a conocer primero haciendas,  caseríos y comunidades indígenas y posteriormente ciudades en un proceso cada vez más amplio, complejo y totalizador, conforme han analizado, además de los mencionados Cornejo Polar, Rowe y Forgues, Tomás G. Escajadillo, y Alberto Flores Galindo), se apartó pronto de los estereotipos indianistas y, poco después, del indigenismo ortodoxo, para alcanzar su pleno desarrollo artístico dentro del Neoindigenismo y, por ende, en el Realismo Maravilloso de la “nueva narrativa” hispanoamericana.
 Sin abandonar este interés sustantivo por el idioma, por la experimentación lingüística (a tal punto que Edmundo Gómez Mango ha afirmado que la obra póstuma bien podría exhibir el título de Todas las lenguas), el principal problema expresivo en El zorro de arriba y el zorro de abajo es otro, el “de la construcción narrativa y la presentación”.
Mucha atención: la exploración idiomática sigue estando al centro de la escritura arguediana, pero ya no es vivida como “problema”, en cambio, el conocimiento y la adecuada utilización de los recursos de la “nueva narrativa”, percibidos como idóneos para retratar la vida urbana (lo que intenta en Los Zorros), se le presentan como “problema”, una cuestión de técnica literaria que va a estar, por primera vez, al centro (unida al sondeo idiomático) de su escritura, planteada explícitamente en los “Diarios” de la novela.
La complejidad con que El zorro de arriba y el zorro de abajo ordena el espacio, entrecruzando lo verbal y lo no-verbal, multiplicando no solo los sociolectos y los idiolectos, sino también los discursos, las retóricas y las poéticas, hace difícil que el obrar revolucionario de esta obra sea capaz de resumirse dentro de una sola imagen. Al contrario, se trata de un proceso de collage o montaje, saltando —como danzaqkuna— entre diferentes niveles, semejante al del cubismo o las películas de Eisenstein o la música serial, muestras acertadas que establecen definitivamente la modernidad de la obra de Arguedas. Pero tengamos presente que el propio carácter fragmentario, la intercalación de textos novelescos y diarios, discursos y cartas de despedida que componen el libro, dan precisamente esa sensación de incoherencia y desorden inicial que produce la experiencia subjetiva de la modernización capitalista (su vigencia se puede constatar en la textura de la escritura de autores como Miguel Ildefonso y César Gutiérrez, Bombardero pertenece con nitidez a la estirpe arguediana de Los zorros).


Los zorros siguen danzando

Arguedas enfoca en El zorro de arriba y el zorro de abajo el referente costeño a partir de dos zorros mitológicos cuyo diálogo aparece en un texto oral pre-colombino tomado del tomo de leyendas y mitos recopilados a fines del siglo XVI por el fraile Francisco de Ávila y que él mismo tradujo del quechua al español bajo el título de Dioses y hombres de Huarochirí. El narrador no intenta, sin embargo, rescribir ese texto sobreponiendo a personajes antiguos ciertos atributos de los hombres modernos (esto parece ocurrir en Hombres de maíz de Miguel Ángel Asturias con el Popol Vuh). Los zorros salidos, como lo ha puntualizado Lienhard, del manuscrito 3169 de la Biblioteca Nacional de Madrid recuperan su condición de personajes vivos bajo el impulso de sus sucesores contemporáneos, como, por ejemplo los danzaqkuna, danzantes de tijeras, de la provincia de Lucanas. Su irrupción en el universo narrativo transforma a este en una suerte de plaza de pueblo andino en un día de fiesta, donde se funde lo elevado con lo bajo, lo sublime con lo grotesco y lo solemne con lo cómico (aún no se ha reparado como es debido en la intrusión del elemento paródico, carnavalesco, grotesco y a veces exuberantemente cómico de la cultura popular andina en la obra póstuma de Arguedas a partir de la función de los zorros que establecen una serie de equivalencias simbólicas implícitas con los danzaqkuna), gracias a la yuxtaposición compenetración de las formas expresivas más variadas. Los zorros, en esta obra, propician la penetración de la cultura oral viva en la cultura escrita.
La irrupción del quechua en el castellano de El zorro de arriba y el zorro de abajo muestra una realidad más amplia en la cual la violencia estética de la novela traduce la violencia social. Convertir esa violencia —producto de la descomposición— en un factor constructivo supone un programa no solo estético sino político.
Lienhard ha ubicado a El zorro de arriba y el zorro de abajo como una etapa ulterior del Indigenismo en tanto invierte los términos de la narrativa indigenista: antes, los recursos literarios (de origen occidental) eran utilizados para abordar el mundo andino, asimilando con mayor o menor fortuna (“desde fuera” o “desde adentro”) la cosmovisión andina. En Los Zorros, en cambio, los recursos de la cultura popular andina transfiguran la escritura novelesca occidental, en el afán de proporcionarnos una visión andina de la urbe costeña.
En pleno siglo XXI, el interlocutor mítico y sus voces que parecen desaparecer en Occidente reaparecen vigentes en El zorro de arriba y el zorro de abajo a través de los “zorros” antropomorfizados y su relación implícita con los danzaqkunas.
En efecto, los zorros arguedianos cumplen con alegría su tarea secular de comunicar a todos los pueblos, los pueblos de arriba y de abajo, confiados en su poder y seguros de coincidir con el orden primordial del mundo. Saben que su tiempo es otro, su realidad distinta y que en su ir y venir están tejiendo la urdimbre de un texto-mundo que también es otro y distinto. Podríamos afirmar que el propio Arguedas asume la condición de un zorro moderno que realiza, en sí mismo, la misión intercomunicadora a la espera de que la radical unidad del texto-mundo nuevo convierta el vínculo (vínculo capaz de universalizarse, decía) en la materia misma de un cosmos humanizado. Sus palabras misteriosas, sus danzas simbólicas, sus transfiguraciones aparentemente gratuitas son símbolos de su fuerza y augurios de lo que vendrá


Caminantes de arriba y de abajo

Los personajes que pueblan El zorro de arriba y el zorro de abajo son exiliados, migrantes que dejaron atrás su pueblo de origen. Pero en ellos no se ha producido una ruptura total o radical; han conservado algunos rasgos anteriores, uno de los cuales es la solidaridad. Son migrantes que han sufrido una ruptura, pero que también han conservado elementos de su propio mundo y que caminando recorriendo pueblos, y llegando a Chimbote, han ido construyendo una identidad. Esta identidad es por una parte individual —tienen nombres propios, su propia manera de expresarse, sus problemas particulares— pero también tiene una dimensión colectiva. Son los habitantes de Chimbote. Estos hombres solo confían en ellos y ya no creen en los curas, por ejemplo. Cecilio Ramírez, no tiene mucha confianza en los curas que encarnan la teología de la liberación, como el padre Cardozo. Estos personajes cuestionan lo que los curas puedan decir, ni aún en los curas más radicales; confían en sí mismos, en que ellos pueden caminar y en que ellos saben pisar bien, en que saben pisar fuerte la tierra sobre la que se levantan. Del mismo modo tampoco son personajes que están dominados por el mundo mítico prehispánico, porque los dos zorros que están en el origen del relato, y que primero aparecen como personajes míticos, terminan siendo incorporados a este mundo de seres humanos concretos a través de personajes como don Diego. Pero ya no son personajes que están dominados por el mito: son personajes que controlan este mundo mítico.
En El zorro de arriba y el zorro de abajo no existe un personaje central; existen varios personajes, como Cecilio Ramírez o Esteban de la Cruz o don Diego, el loco Moncada, etc., y todos hablan constantemente en el relato. Pero, además, hablan de igual a igual con los dominadores: con los dueños de la fábrica de harina de pescado, con los empresarios o con los curas. Incluso los ponen en dificultades y hasta en retirada, ante desafíos y preguntas que estos personajes no pueden absolver. Ocurre en el diálogo entre Cecilio Ramírez y el padre Michael Cardozo. Ya no hay silencio o el hablar a escondidas. Para Flores Galindo esto es posible porque antes de hablar han caminado; son caminantes, personajes que vinieron de otros sitios del Perú. Desembocaron en Chimbote, pero previamente habían recorrido una serie de pueblos y lugares del Perú. Lo que los define —hay dos o tres frases claves referidas a esta idea de caminar— es lo que puede significar caminar como medio de construir una identidad.
Se trata de dejar de lado cualquier posibilidad de un discurso mesiánico. Los personajes de El zorro de arriba y el zorro de abajo no confían en la llegada de un mesías que los va a salvar. No son hombres que confíen ya más en ideas milenaristas: no va a ver una gran idea que esté por encima de su historia, una suerte de río subterráneo que los vaya a liberar. Si ellos se van a liberar es porque saben caminar. Este acto fundacional produce un nuevo tipo de ciudad: la barriada. Y la barriada por excelencia es Chimbote, que es casi solo una barriada: el casco urbano es pequeñísimo, es una ciudad que ha surgido en el arenal, de la nada y en muy poco tiempo. Es la ciudad de la migración por excelencia, donde uno puede encontrar también este nuevo universo.
Como señala Gustavo Gutiérrez esperanza y muerte, ambas fueron vividas —si se puede hablar de vivir la muerte lo que nos remite al “muero porque no muero” y el tener que morir para vivir a plenitud, de la experiencia mística: negar la vida y la creación artística, sus pautas y sus límites, para poseerlas a cabalidad— por Arguedas. Ambas hacen a la vez precario y definitivo el segundo encuentro de los dos zorros (el primero se llevó a cabo dos mil quinientos años en el cerro Latausaco de Huarochirí, como lo da a entender el texto, el segundo se producirá en El zorro de arriba y el zorro de abajo entre el fin del “Primer diario” de la novela —donde se evoca la iniciación sexual andina del narrador— y el inicio “verdadero” del “Relato”, la salida al mar del pescador Chaucato, con una segunda parte del diálogo situada casi al final del primer capítulo del “Relato” que narra otro traslado de arriba a abajo, el de Tutaykire (Gran jefe, herida de la noche), el guerrero de arriba, hijo de Pariacaca, héroe de Dioses y hombres de Huarochirí: Cornejo Polar ha relacionado este episodio al de Asto, uno de los tantos serranos que han bajado a la costa y que “revive” con una prostituta blanca de Chimbote, la historia mítica en el “Relato”, hace dos mil quinientos años Tutaykire fue detenido en Urin Allauca, valle yunga del mundo de abajo; fue detenido por una virgen ramera que lo detuvo para hacerlo dormir y dispersarlo) en medio de una realidad que se exaspera y en la cual el autor y el narrador siente que se le escapa de las manos (“Estos ‘Zorros’ se han puesto fuera de mi alcance, corren mucho o están muy lejos. Quizá apunté un blanco demasiado largo o, de repente, alcanzo a los ‘Zorros’ y ya no los suelto más” asevera en el “Tercer diario”). La situación es al mismo tiempo, “peor y mejor” que antes (“Pero ahora es peor y mejor. Hay mundos de más arriba y de más abajo” afirma el zorro de arriba cerca al final del primer capítulo del “Relato”).

Una renovada presencia

Por un lado, tenemos “el Perú hirviente de estos días” (expresión de una carta que fechada en Lima, 1 febrero de 1967 dirige a John Murra), este Perú de todas las patrias, este Perú de los dos zorros: el zorro de arriba y el zorro de abajo, que está sangrando, que parece no saber a donde ir, cómo resolverse; y por otro lado, tenemos al propio Arguedas (interviniendo no solo en los “Diarios” de Los Zorros, sino en diversos pasajes del “Relato”) que se hace uno con la pasión (en el sentido cristiano) con su pueblo, angustiado por detener la destrucción que contempla, buscando servir de intermediario entre los dos zorros o de interprete entre las fuerzas en conflicto: una agonía que, aunque de otra manera en César Vallejo, también termina con su muerte. Lo notable y conmovedor es como la agonía, en El zorro de arriba y el zorro de abajo, trasciende la desesperación, el dolor y la angustia; para testimoniar esperanza en que la vida terminará venciendo.
Sobre estos temas hay en la obra de Arguedas y, en particular, en El zorro de arriba y el zorro de abajo, una variedad de ideas e intuiciones que nos parecen vitales sistematizar. Problemas y cuestionamientos que remiten a conflictos individuales, pero que tienen un origen social y adquieren hoy una renovada actualidad que no podemos soslayar por la vigencia de los desafíos que nos plantean y por los inacabados, pero sugerentes que nos resultan sus ensayos de respuestas. Las razones de esta renovada presencia son complejas y están asociadas, fundamentalmente, al hecho que los conflictos que enfrentó Arguedas distan, a cien años de su nacimiento, de estar resueltos, son los nuestros todavía.
A cien años de su nacimiento, recordemos que para José María Arguedas la creación literaria —no podía ser de otro modo— es, de alguna manera, una cristalización de la experiencia humana y lo es con una intensidad y una hondura extraordinarias como en los grandes creadores para los que escribir o crear es una expresión de la sangre, un acto de vida.

Lima, la ciudad de los zorros de arriba y de abajo, enero de 2011

domingo, 16 de enero de 2011

Al PASO CON JUAN GONZALO ROSE

Hace tiempo atrás, conversando con unos amigos sobre Juan Gonzalo Rose les comenté que había recopilado una serie de entrevistas (7 en total pero seguro que deben haber más) que ellos entusiasmados me propusieron un proyecto de edición de las mismas y otros artículos adcionales. El tiempo paso y el proyecto editorial quedó o quedará, al parecer en nada. Pero para que esto no quede así les entrego una entrevista realizada por Heraldo Torres y que fue publicada en la revista "La casa de cartón"de 1980, la cual es un verdaedero testimonio de la vida, la poesía y el compromiso. Disfruten la lectura. 
  


Al PASO CON JUAN GONZALO ROSE


Por: Torres, Heraldo
 
¿Podemos hablar de una literatura peruana?
Bueno, Luis Alberto Sánchez hizo una diferencia entre literatura del Perú y literatura peruana, o sea, entre la literatura que se escribe en el Perú y una literatura realmente peruana. Yo creo que no se podrá hablar de una literatura totalmente peruana hasta que no seamos una nación, somos todavía un país en proceso de mestizaje.
En ese sentido ¿Cuál es la función de la literatura?
La literatura en ese aspecto debe procurar a una integración de las diversas etnias que componen a lo largo de la historia lo que hoy llamamos el Perú, debe contribuir a que se forje una auténtica unidad nacional.
¿Entonces es el reto de la literatura peruana en estos instantes?
Uno de sus retos.
¿El artista, el poeta, el literato debe estar comprometido con su época, con su realidad?
Debe estar comprometido, pero más en la medida que es ciudadano que en la medida que es escritor; es decir, tiene un doble deber como ciudadano y como escritor, debe estar comprometido con su tiempo porque necesariamente toda creación se da en un ámbito histórico, peor fundamentalmente debe estar comprometido con su pueblo.
¿Hacer literatura es hacer política? ¿Ud. es de izquierda?
Sí, soy de izquierda, pero no creo que siempre hacer literatura sea hacer política, se puede hacer una literatura política, como se puede hacer una literatura que no sea necesariamente política.
¿Por qué la obsesión de Juan Gonzalo Rose de buscar la soledad, el silencio, su enclaustramiento?
Bueno, eso comprende a una etapa última de mi vida que considero que es la cura biológica normal en toda persona, en mí se ha centrado porque he tenido siempre desde niño una inclinación a la misantropía, a la soledad; pero eso se ha acentuado con el declive de mi edad y algunos problemas de salud.
¿Por qué Juan Gonzalo Rose no se proyecta a la juventud, no dicta charlas, conferencias, no proyecta sus conocimientos a los muchos jóvenes que ingresan a la literatura?
Yo estoy siempre dispuesto a hacerlo pero la verdad es que me he hecho una fama de solitario; parece que los jóvenes ya no recurren a mí, pero cada vez que lo hicieran yo estoy dispuesto a hacerlo.
¿En ese sentido, con la soledad encuentra Ud. el motivo de su producción literaria?
No, la soledad por sí sola no es un factor suficiente para generar una obra literaria, creo más bien que el contacto con los otros seres humanos nos da la fuerza para la creación literaria, la soledad es una de las formas de la creación literaria pero quizás la más infecunda.
¿Algunas palabras finales para aquellos amantes de la literatura?
Les puedo decir que sigan acompañando a los escritores, que no les olviden cuando sus resistencias estén en una etapa de declive, que nada es más alentador para un escritor que escuchar la voz de un joven, escuchar su voz de aliento. Yo la necesito.

En: La casa de cartón. Nº 2. pp. 20-21. Lima 1980