Música Wave

lunes, 28 de febrero de 2011

Juan Carlos Lázaro



foto: Vedrino Lozano Achuy

  “No tengo nada contra la gente. Pero si eliges, la soledad también es un gran gozo. Es un espacio propio que puede servir como gabinete de experimentación, meditación y creatividad”
               J.C.L











Juan Carlos Lázaro, claramente se distancia de la generación del 70, su poesía esta marcada por un hondo lirismo que descubre y revela la realidad individual, cotidiana y colectiva que conmueve al lector. Hay algo que  lo emparenta irremediablemente con el personaje de Hesse:  Harry Haller, protagonista de El lobo estepario.
 Lázaro es un hombre que disfruta de su soledad, trabaja hasta las 5 y de ahi sale al encuentro con los amigos para tomar un trago y conversar.  Y es que Juan Carlos es un gran conversador y tiene anécdotas e historias que amenizan nuestros encuentros.

Juan Carlos Lázaro es poeta, periodista y editor. Nació en Lima (Perú) en 1952. Empezó a publicar en los años 70 en revistas como La tortuga ecuestre, Cronopios, SIC, Maestra vida y otras. De 1977 data su primer cuaderno poético, Las palabras, y de 1987 su libro Gris amanece la urbe del hambre. En 2001 publicó La casa y la hojarasca y tres años después obtuvo el accésit de publicación del premio internacional de poesía "Julio Tovar 2004" (Santa Cruz de Tenerife, España) con su libro Migraciones y exilios. Poemas suyos han aparecido en Reportorio Latinoamericano (Buenos Aires), Zen (San Francisco) y El caimán barbudo (Cuba). En Lima edita el boletín de política y cultura Hechos y argumentos y la revista de poesía Sol & niebla.

 

 He aquí dos textos a dos toque cada uno

DISCURSO DEL MÉTODO

En mi mesa de escribir,
sobre una página,
un escorpión negro avanza.

Con sus patas peludas y
aceradas, atraviesa como un loco
la ciudad desgarrada.

Es el escorpión mortal y
trágico el que asoma su cabeza de Hidra
a los acantilados sin playa.

Días de amor y alcohol lo abruman.
También la noche y el sexo
oscuro de las muchachas.

Vuelto a mi mesa de escribir
sus patas constatan, la misma página
sin una sola palabra.

EL BEDUINO

Desde hace veintiún días
No he vuelto a mirar el mar,
No he escrito un poema
Ni he tenido un amor
En todo este tiempo.
Pienso que la espuma blanca,
Habrá subido hasta las peñas,
foto: Vedrino Lozano Achuy
Que los maremotos habrán borrado
Las islas,
Que estarán los puertos
Inundados y sin marinos.
­Oh desolación!
Desde hacen veintiún días
Mis ojos solo ven
Desiertos naturales y tiendas.
La guerra no ha pasado
Por aquí todavía...




sábado, 12 de febrero de 2011

Nueva Narrativa Tarapotina

Las palabras de por si son metáforas, todas representan a los objetos. Es también el utensilio que nos permite expresar nuestro mundo interior, una forma de auto-descubrimiento, que a su vez va enriqueciendo a nuestra experiencia vital. En ese sentido la literatura y la vida (la vivencia) están fatalmente emparentadas. Martín Adán decía que “la vida no se elige: la vida se padece” efectivamente la vida a veces resulta ser eso: un constante sufrimiento, pero la vida en muchas ocasiones resulta ser una fuente de placer, de gozo y de asombro. Y es precisamente el asombro lo que nos conduce a descubrir experiencias nuevas y vitales, y a forjar nuevos objetos inasibles como la literatura. Y creo que el libro El árbol de Miuler Vásquez reúne todas estas cualidades.

Escribo estas líneas a partir de mi experiencia como lector y para ser sinceros me ha sorprendido mucho la destreza de su prosa muy bien trabajada y cuidada, por momentos hay postales poéticas que le dan otro matiz al libro. En una de las conversas le pregunté si había leído La casa de cartón y me dijo que si corroborando lo que sentí al “hojear” el libro (se percibe también la voz de César Moro). Al principio de da la impresión de ser un monólogo algo desordenado pero con una lectura atenta la esencias del libro aflora como lo que es una gran metáfora de todo, del hombre, de la vida. Me siento muy complacido de saber que en mi calurosa ciudad hay gente que está apostando por lo nuevo, que no se encasilla en los temas regionalistas ni en la poesía elemental. Hay de verdad talento literario en Tarapoto y el libro de Miuler Vásquez así lo demuestra. Solo su empeño y dedicación determinarán su propio camino, su futuro literario. Estoy seguro de que dará mucho que hablar.

domingo, 30 de enero de 2011

POEMA

foto: Vedrino LozanoAchuy
Invoco las lluvias de Oriente.
Voy a su encuentro sobre un diminuto pekepeke.
Ambos nos presentamos ante las fuerzas del viento y del aguacero.
Sin armas y desprovistos de cualquier energía superior que guíe nuestro curso.
Avanzamos lentamente…
Percibo la voz del río, su respiración de agua remota.
Invoco el sonido de la selva.    
Me responde el canto de las chicharras que acompañan
el fluir silente del gran río.
Sus aguas invaden la tierra y con ojos límpidos acarician el suelo de mis ancestros.
Vedrino Lozano Achuy
Foto: Vedrino Lozano Achuy

sábado, 22 de enero de 2011

Kachkaniraqmi: cien años de ser






foto: Olga Luna/1968
   
El 18 de enero pasado se celebró el centenario José María Arguedas. Supo encarnar en su obra narrativa los ideales, el amor profundo y las esperanzas de un Perú singular, humilde, desdeñado, vejado y rendido, pero maravillosamente vivo. 
Hoy queremos rendir un homenaje al escritor del Perú profundo, al poeta entrañable de la más dolorosa realidad contemporánea del Perú con un texto del crítico literario David Abanto Aragón. Acompañamos este  homenaje con unas fotos aparecidas en la Revista Visión del PERÚ en 1970. 








José María Arguedas, un vínculo capaz de universalizarse


David Antonio Abanto Aragón

Yo vivo para escribir, y creo que hay que vivir desincondicionalmente
para interpretar el caos y el orden”.

El zorro de arriba y el zorro de abajo (“Primer diario”)


Un escritor de todas las sangres

A cien años del nacimiento de José María Arguedas (Apurimac, 1911-Lima, 1969), aun falta desechar entre el gran público la imagen que lo presenta como un escritor espontáneo, de escasa conciencia en lo tocante a las técnicas literarias, como si su única preocupación hubiera sido la “quechuización” del español y no los recursos expresivos a emplear. Esto es errado.
Arguedas escribió con rigor y lucidez, y no solo con sangre y pasión, corrigió y revisó escrupulosamente, sin eliminar la intensa impresión de vida que transmiten al lector sus escritos. La técnica debía corresponder al contenido, el arte en conexión con la vida, sin amor al artificio (o la ficción) por el artificio mismo.
 Con toda razón Arguedas respondía a quienes pensaban que carecía de conciencia creadora: “¡Cómo diablos pueden suponer los doctores en crítica que un novelista escriba sin tener conciencia de los medios que emplea para interpretarse!” (carta a Jorge Puccinelli, Lima 11 de septiembre de 1955).
Arguedas distinguía entre los escritores que internalizan la vida urbana en su sensibilidad y saben hacerla aflorar en su virtuosismo técnico, y los que se quedan en la superficie de la imitación cerebral de las técnicas creadas por maestros europeos y norteamericanos, produciendo sin auténtica sensibilidad, con el frío oficio de un profesional. El magnífico alegato de Arguedas (“¡No es profesión escribir novelas y poesías!”, en el “Primer diario” de El zorro de arriba y el zorro de abajo) es, en primer término, una defensa del arte contra su reproducción mecánica no ya solo por la tecnología (por su reificación social y su conversión en mercancía vacía de conciencia), sino por su asimilación literal al mercado. Arguedas enfatiza que su sensibilidad es “a lo pueblo” y debe apropiarse de las técnicas reelaborándolas según su sensibilidad. La técnica debía corresponder al contenido, el arte en conexión con la vida, sin amor al artificio (o la ficción) por el artificio mismo.
     El marco de las celebraciones por el centenario del nacimiento de Arguedas constituye una ocasión propicia para rendirle homenaje, y no hay mejor homenaje que invitar a la lectura de sus obras y contribuir a rendir justicia a su densidad creadora. Ayudemos a desestimar la imagen inadecuada de Arguedas como autor de escasa o limitada cultura libresca sin interés por lo más innovador de la “nueva narrativa” mundial, ayudando a percibir y difundir que su obra pertenece (como una de las más originales y arraigadas en nuestras raíces culturales) al ámbito de la “nueva narrativa” hispanoamericana.


Un provocador diálogo con la nueva narrativa

Sirva de magnífica prueba, la desconcertante textura de El zorro de arriba y el zorro de abajo, entre la ficción novelesca, el diario íntimo y el ensayo, cruzando niveles textuales y técnicas muy complejas, en un provocador diálogo con el denominado “boom” de la nueva narrativa hispanoamericana.
  Hasta ahora el último libro de Arguedas es menospreciado, omitido y “ninguneado” (expresión de Arguedas en el Tercer diario de El zorro de arriba y el zorro de abajo) por la crítica, cuando no condenado por sus “defectos artísticos”, o reducido a un valioso documento biográfico y psicológico. Resulta sintomático, al respecto, que lecturas interpretativas realizadas por Mario Vargas Llosa y José Miguel Oviedo (en el caso de la primera a pesar de representar un saludable llamado para leer a Arguedas como lo que es: un creador literario), terminen realizando una valoración ideológica hostil a lo que Vargas Llosa considera en la base de cada una de las ficciones arguedianas: la Utopía Arcaica (una ideología “pasadista” y “reaccionaria”, en tanto contraria al inevitable proceso de urbanización e industrialización, propensa a idealizar la cultura andina para defender la postura colectivista, mágico-mítica, “irracionalista”, antimoderna y antiliberal) y que, según Oviedo, termina originando, en el caso de El zorro de arriba y el zorro de abajo, un relato que nuestro autor “deja en el estado de imperfección que precisamente quería superar” y cuyo “verdadero interés es ser una obra escrita al borde del abismo”. En estas dos lecturas predomina un reproche ideológico: la falta de “modernidad” de los postulados arguedianos —objeción que carece de pertinencia en una valoración estética—, pero además, ambas presentan una crítica artística: la expresión de un arte imperfecto, inarmónico, que no profundizó su exploración estética, con la que nos parece pertinente deslindar.
La destreza artística de Arguedas ha sido dilucidada por Roland Forgues, Julio Ortega y Ricardo González Vigil en lo concerniente a las grandes líneas del proyecto creador con especial interés concedido por Martín Lienhard y Eve Marie-Fell, en lo relativo a El zorro de arriba y el zorro de abajo. Líneas vinculadas estrechamente al esclarecimiento personal y el conocimiento de este país “impaciente por realizarse” (según expresión de Arguedas) que es el Perú.
Ya muchos críticos, como Cornejo Polar, Escobar, Rowe, Rama y Forgues, han acertado al enfocar que Arguedas era un artista de gran conciencia creadora. Con perspicacia, Rowe hace notar que las declaraciones de nuestro escritor que lo pintan reacio a reflexionar sobre las técnicas narrativas corresponden a los años sesenta: adoptó una “actitud defensiva” frente al “boom” y la “nueva novela”, debido a su “deficiente acceso” a un conocimiento sistemático de las técnicas en “sus años formativos” y, en especial, al hecho innegable de que su principal problema expresivo lo padecía “en términos del lenguaje, mientras que los problemas de la construcción narrativa y la presentación ocupaban un papel secundario”.
   Pero, como bien ha sabido destacar Rowe, aunque Arguedas le concedía “un papel secundario” a las técnicas literarias, no las descuidó en sus narraciones, empleándolas con gran vigor y originalidad expresiva, labrando texturas de la perfección de Los ríos profundos y “La agonía de Rasu-Ñiti” (dos obras que resisten la más exigente comparación con lo más admirable de la “nueva narrativa” hispanoamericana) y la complejidad de El zorro de arriba y el zorro de abajo.
Si bien Arguedas inició la creación de sus universos narrativos inserto en la estética del Indigenismo (su propia experiencia vital lo condujo a conocer primero haciendas,  caseríos y comunidades indígenas y posteriormente ciudades en un proceso cada vez más amplio, complejo y totalizador, conforme han analizado, además de los mencionados Cornejo Polar, Rowe y Forgues, Tomás G. Escajadillo, y Alberto Flores Galindo), se apartó pronto de los estereotipos indianistas y, poco después, del indigenismo ortodoxo, para alcanzar su pleno desarrollo artístico dentro del Neoindigenismo y, por ende, en el Realismo Maravilloso de la “nueva narrativa” hispanoamericana.
 Sin abandonar este interés sustantivo por el idioma, por la experimentación lingüística (a tal punto que Edmundo Gómez Mango ha afirmado que la obra póstuma bien podría exhibir el título de Todas las lenguas), el principal problema expresivo en El zorro de arriba y el zorro de abajo es otro, el “de la construcción narrativa y la presentación”.
Mucha atención: la exploración idiomática sigue estando al centro de la escritura arguediana, pero ya no es vivida como “problema”, en cambio, el conocimiento y la adecuada utilización de los recursos de la “nueva narrativa”, percibidos como idóneos para retratar la vida urbana (lo que intenta en Los Zorros), se le presentan como “problema”, una cuestión de técnica literaria que va a estar, por primera vez, al centro (unida al sondeo idiomático) de su escritura, planteada explícitamente en los “Diarios” de la novela.
La complejidad con que El zorro de arriba y el zorro de abajo ordena el espacio, entrecruzando lo verbal y lo no-verbal, multiplicando no solo los sociolectos y los idiolectos, sino también los discursos, las retóricas y las poéticas, hace difícil que el obrar revolucionario de esta obra sea capaz de resumirse dentro de una sola imagen. Al contrario, se trata de un proceso de collage o montaje, saltando —como danzaqkuna— entre diferentes niveles, semejante al del cubismo o las películas de Eisenstein o la música serial, muestras acertadas que establecen definitivamente la modernidad de la obra de Arguedas. Pero tengamos presente que el propio carácter fragmentario, la intercalación de textos novelescos y diarios, discursos y cartas de despedida que componen el libro, dan precisamente esa sensación de incoherencia y desorden inicial que produce la experiencia subjetiva de la modernización capitalista (su vigencia se puede constatar en la textura de la escritura de autores como Miguel Ildefonso y César Gutiérrez, Bombardero pertenece con nitidez a la estirpe arguediana de Los zorros).


Los zorros siguen danzando

Arguedas enfoca en El zorro de arriba y el zorro de abajo el referente costeño a partir de dos zorros mitológicos cuyo diálogo aparece en un texto oral pre-colombino tomado del tomo de leyendas y mitos recopilados a fines del siglo XVI por el fraile Francisco de Ávila y que él mismo tradujo del quechua al español bajo el título de Dioses y hombres de Huarochirí. El narrador no intenta, sin embargo, rescribir ese texto sobreponiendo a personajes antiguos ciertos atributos de los hombres modernos (esto parece ocurrir en Hombres de maíz de Miguel Ángel Asturias con el Popol Vuh). Los zorros salidos, como lo ha puntualizado Lienhard, del manuscrito 3169 de la Biblioteca Nacional de Madrid recuperan su condición de personajes vivos bajo el impulso de sus sucesores contemporáneos, como, por ejemplo los danzaqkuna, danzantes de tijeras, de la provincia de Lucanas. Su irrupción en el universo narrativo transforma a este en una suerte de plaza de pueblo andino en un día de fiesta, donde se funde lo elevado con lo bajo, lo sublime con lo grotesco y lo solemne con lo cómico (aún no se ha reparado como es debido en la intrusión del elemento paródico, carnavalesco, grotesco y a veces exuberantemente cómico de la cultura popular andina en la obra póstuma de Arguedas a partir de la función de los zorros que establecen una serie de equivalencias simbólicas implícitas con los danzaqkuna), gracias a la yuxtaposición compenetración de las formas expresivas más variadas. Los zorros, en esta obra, propician la penetración de la cultura oral viva en la cultura escrita.
La irrupción del quechua en el castellano de El zorro de arriba y el zorro de abajo muestra una realidad más amplia en la cual la violencia estética de la novela traduce la violencia social. Convertir esa violencia —producto de la descomposición— en un factor constructivo supone un programa no solo estético sino político.
Lienhard ha ubicado a El zorro de arriba y el zorro de abajo como una etapa ulterior del Indigenismo en tanto invierte los términos de la narrativa indigenista: antes, los recursos literarios (de origen occidental) eran utilizados para abordar el mundo andino, asimilando con mayor o menor fortuna (“desde fuera” o “desde adentro”) la cosmovisión andina. En Los Zorros, en cambio, los recursos de la cultura popular andina transfiguran la escritura novelesca occidental, en el afán de proporcionarnos una visión andina de la urbe costeña.
En pleno siglo XXI, el interlocutor mítico y sus voces que parecen desaparecer en Occidente reaparecen vigentes en El zorro de arriba y el zorro de abajo a través de los “zorros” antropomorfizados y su relación implícita con los danzaqkunas.
En efecto, los zorros arguedianos cumplen con alegría su tarea secular de comunicar a todos los pueblos, los pueblos de arriba y de abajo, confiados en su poder y seguros de coincidir con el orden primordial del mundo. Saben que su tiempo es otro, su realidad distinta y que en su ir y venir están tejiendo la urdimbre de un texto-mundo que también es otro y distinto. Podríamos afirmar que el propio Arguedas asume la condición de un zorro moderno que realiza, en sí mismo, la misión intercomunicadora a la espera de que la radical unidad del texto-mundo nuevo convierta el vínculo (vínculo capaz de universalizarse, decía) en la materia misma de un cosmos humanizado. Sus palabras misteriosas, sus danzas simbólicas, sus transfiguraciones aparentemente gratuitas son símbolos de su fuerza y augurios de lo que vendrá


Caminantes de arriba y de abajo

Los personajes que pueblan El zorro de arriba y el zorro de abajo son exiliados, migrantes que dejaron atrás su pueblo de origen. Pero en ellos no se ha producido una ruptura total o radical; han conservado algunos rasgos anteriores, uno de los cuales es la solidaridad. Son migrantes que han sufrido una ruptura, pero que también han conservado elementos de su propio mundo y que caminando recorriendo pueblos, y llegando a Chimbote, han ido construyendo una identidad. Esta identidad es por una parte individual —tienen nombres propios, su propia manera de expresarse, sus problemas particulares— pero también tiene una dimensión colectiva. Son los habitantes de Chimbote. Estos hombres solo confían en ellos y ya no creen en los curas, por ejemplo. Cecilio Ramírez, no tiene mucha confianza en los curas que encarnan la teología de la liberación, como el padre Cardozo. Estos personajes cuestionan lo que los curas puedan decir, ni aún en los curas más radicales; confían en sí mismos, en que ellos pueden caminar y en que ellos saben pisar bien, en que saben pisar fuerte la tierra sobre la que se levantan. Del mismo modo tampoco son personajes que están dominados por el mundo mítico prehispánico, porque los dos zorros que están en el origen del relato, y que primero aparecen como personajes míticos, terminan siendo incorporados a este mundo de seres humanos concretos a través de personajes como don Diego. Pero ya no son personajes que están dominados por el mito: son personajes que controlan este mundo mítico.
En El zorro de arriba y el zorro de abajo no existe un personaje central; existen varios personajes, como Cecilio Ramírez o Esteban de la Cruz o don Diego, el loco Moncada, etc., y todos hablan constantemente en el relato. Pero, además, hablan de igual a igual con los dominadores: con los dueños de la fábrica de harina de pescado, con los empresarios o con los curas. Incluso los ponen en dificultades y hasta en retirada, ante desafíos y preguntas que estos personajes no pueden absolver. Ocurre en el diálogo entre Cecilio Ramírez y el padre Michael Cardozo. Ya no hay silencio o el hablar a escondidas. Para Flores Galindo esto es posible porque antes de hablar han caminado; son caminantes, personajes que vinieron de otros sitios del Perú. Desembocaron en Chimbote, pero previamente habían recorrido una serie de pueblos y lugares del Perú. Lo que los define —hay dos o tres frases claves referidas a esta idea de caminar— es lo que puede significar caminar como medio de construir una identidad.
Se trata de dejar de lado cualquier posibilidad de un discurso mesiánico. Los personajes de El zorro de arriba y el zorro de abajo no confían en la llegada de un mesías que los va a salvar. No son hombres que confíen ya más en ideas milenaristas: no va a ver una gran idea que esté por encima de su historia, una suerte de río subterráneo que los vaya a liberar. Si ellos se van a liberar es porque saben caminar. Este acto fundacional produce un nuevo tipo de ciudad: la barriada. Y la barriada por excelencia es Chimbote, que es casi solo una barriada: el casco urbano es pequeñísimo, es una ciudad que ha surgido en el arenal, de la nada y en muy poco tiempo. Es la ciudad de la migración por excelencia, donde uno puede encontrar también este nuevo universo.
Como señala Gustavo Gutiérrez esperanza y muerte, ambas fueron vividas —si se puede hablar de vivir la muerte lo que nos remite al “muero porque no muero” y el tener que morir para vivir a plenitud, de la experiencia mística: negar la vida y la creación artística, sus pautas y sus límites, para poseerlas a cabalidad— por Arguedas. Ambas hacen a la vez precario y definitivo el segundo encuentro de los dos zorros (el primero se llevó a cabo dos mil quinientos años en el cerro Latausaco de Huarochirí, como lo da a entender el texto, el segundo se producirá en El zorro de arriba y el zorro de abajo entre el fin del “Primer diario” de la novela —donde se evoca la iniciación sexual andina del narrador— y el inicio “verdadero” del “Relato”, la salida al mar del pescador Chaucato, con una segunda parte del diálogo situada casi al final del primer capítulo del “Relato” que narra otro traslado de arriba a abajo, el de Tutaykire (Gran jefe, herida de la noche), el guerrero de arriba, hijo de Pariacaca, héroe de Dioses y hombres de Huarochirí: Cornejo Polar ha relacionado este episodio al de Asto, uno de los tantos serranos que han bajado a la costa y que “revive” con una prostituta blanca de Chimbote, la historia mítica en el “Relato”, hace dos mil quinientos años Tutaykire fue detenido en Urin Allauca, valle yunga del mundo de abajo; fue detenido por una virgen ramera que lo detuvo para hacerlo dormir y dispersarlo) en medio de una realidad que se exaspera y en la cual el autor y el narrador siente que se le escapa de las manos (“Estos ‘Zorros’ se han puesto fuera de mi alcance, corren mucho o están muy lejos. Quizá apunté un blanco demasiado largo o, de repente, alcanzo a los ‘Zorros’ y ya no los suelto más” asevera en el “Tercer diario”). La situación es al mismo tiempo, “peor y mejor” que antes (“Pero ahora es peor y mejor. Hay mundos de más arriba y de más abajo” afirma el zorro de arriba cerca al final del primer capítulo del “Relato”).

Una renovada presencia

Por un lado, tenemos “el Perú hirviente de estos días” (expresión de una carta que fechada en Lima, 1 febrero de 1967 dirige a John Murra), este Perú de todas las patrias, este Perú de los dos zorros: el zorro de arriba y el zorro de abajo, que está sangrando, que parece no saber a donde ir, cómo resolverse; y por otro lado, tenemos al propio Arguedas (interviniendo no solo en los “Diarios” de Los Zorros, sino en diversos pasajes del “Relato”) que se hace uno con la pasión (en el sentido cristiano) con su pueblo, angustiado por detener la destrucción que contempla, buscando servir de intermediario entre los dos zorros o de interprete entre las fuerzas en conflicto: una agonía que, aunque de otra manera en César Vallejo, también termina con su muerte. Lo notable y conmovedor es como la agonía, en El zorro de arriba y el zorro de abajo, trasciende la desesperación, el dolor y la angustia; para testimoniar esperanza en que la vida terminará venciendo.
Sobre estos temas hay en la obra de Arguedas y, en particular, en El zorro de arriba y el zorro de abajo, una variedad de ideas e intuiciones que nos parecen vitales sistematizar. Problemas y cuestionamientos que remiten a conflictos individuales, pero que tienen un origen social y adquieren hoy una renovada actualidad que no podemos soslayar por la vigencia de los desafíos que nos plantean y por los inacabados, pero sugerentes que nos resultan sus ensayos de respuestas. Las razones de esta renovada presencia son complejas y están asociadas, fundamentalmente, al hecho que los conflictos que enfrentó Arguedas distan, a cien años de su nacimiento, de estar resueltos, son los nuestros todavía.
A cien años de su nacimiento, recordemos que para José María Arguedas la creación literaria —no podía ser de otro modo— es, de alguna manera, una cristalización de la experiencia humana y lo es con una intensidad y una hondura extraordinarias como en los grandes creadores para los que escribir o crear es una expresión de la sangre, un acto de vida.

Lima, la ciudad de los zorros de arriba y de abajo, enero de 2011

domingo, 16 de enero de 2011

Al PASO CON JUAN GONZALO ROSE

Hace tiempo atrás, conversando con unos amigos sobre Juan Gonzalo Rose les comenté que había recopilado una serie de entrevistas (7 en total pero seguro que deben haber más) que ellos entusiasmados me propusieron un proyecto de edición de las mismas y otros artículos adcionales. El tiempo paso y el proyecto editorial quedó o quedará, al parecer en nada. Pero para que esto no quede así les entrego una entrevista realizada por Heraldo Torres y que fue publicada en la revista "La casa de cartón"de 1980, la cual es un verdaedero testimonio de la vida, la poesía y el compromiso. Disfruten la lectura. 
  


Al PASO CON JUAN GONZALO ROSE


Por: Torres, Heraldo
 
¿Podemos hablar de una literatura peruana?
Bueno, Luis Alberto Sánchez hizo una diferencia entre literatura del Perú y literatura peruana, o sea, entre la literatura que se escribe en el Perú y una literatura realmente peruana. Yo creo que no se podrá hablar de una literatura totalmente peruana hasta que no seamos una nación, somos todavía un país en proceso de mestizaje.
En ese sentido ¿Cuál es la función de la literatura?
La literatura en ese aspecto debe procurar a una integración de las diversas etnias que componen a lo largo de la historia lo que hoy llamamos el Perú, debe contribuir a que se forje una auténtica unidad nacional.
¿Entonces es el reto de la literatura peruana en estos instantes?
Uno de sus retos.
¿El artista, el poeta, el literato debe estar comprometido con su época, con su realidad?
Debe estar comprometido, pero más en la medida que es ciudadano que en la medida que es escritor; es decir, tiene un doble deber como ciudadano y como escritor, debe estar comprometido con su tiempo porque necesariamente toda creación se da en un ámbito histórico, peor fundamentalmente debe estar comprometido con su pueblo.
¿Hacer literatura es hacer política? ¿Ud. es de izquierda?
Sí, soy de izquierda, pero no creo que siempre hacer literatura sea hacer política, se puede hacer una literatura política, como se puede hacer una literatura que no sea necesariamente política.
¿Por qué la obsesión de Juan Gonzalo Rose de buscar la soledad, el silencio, su enclaustramiento?
Bueno, eso comprende a una etapa última de mi vida que considero que es la cura biológica normal en toda persona, en mí se ha centrado porque he tenido siempre desde niño una inclinación a la misantropía, a la soledad; pero eso se ha acentuado con el declive de mi edad y algunos problemas de salud.
¿Por qué Juan Gonzalo Rose no se proyecta a la juventud, no dicta charlas, conferencias, no proyecta sus conocimientos a los muchos jóvenes que ingresan a la literatura?
Yo estoy siempre dispuesto a hacerlo pero la verdad es que me he hecho una fama de solitario; parece que los jóvenes ya no recurren a mí, pero cada vez que lo hicieran yo estoy dispuesto a hacerlo.
¿En ese sentido, con la soledad encuentra Ud. el motivo de su producción literaria?
No, la soledad por sí sola no es un factor suficiente para generar una obra literaria, creo más bien que el contacto con los otros seres humanos nos da la fuerza para la creación literaria, la soledad es una de las formas de la creación literaria pero quizás la más infecunda.
¿Algunas palabras finales para aquellos amantes de la literatura?
Les puedo decir que sigan acompañando a los escritores, que no les olviden cuando sus resistencias estén en una etapa de declive, que nada es más alentador para un escritor que escuchar la voz de un joven, escuchar su voz de aliento. Yo la necesito.

En: La casa de cartón. Nº 2. pp. 20-21. Lima 1980

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Don Ramón

Presentamos un cueto inédito en homenaje al amigo que acaba de partir en busca de un puente que le permita volver del otro lado y estoy seguro que lo acompaña su inseparable "Ulises". Buen viaje Edinson Pavel López.







Don Ramón el librero


A Julio Ramón Ribeyro


El viejo librero cerró la puerta para no atender nunca más. Era el fin de su historia. ¿Quién se acordará que en esa esquina olvidada existió alguna vez una librería? ¿Dónde y cuándo se volverán  mencionar los títulos que de joven pregonaba desde la puerta primero un ambulante, luego un vendedor de libros y finalmente un librero? Todos en la misma persona. Su nombre se confunde entre los títulos de obras memorables o simples panfletos literarios y el nombre o renombre de los autores muertos bajo la gloria del éxito comercial. Hay quienes lo llamaban Ramón y hay quienes le decían Román. No faltó quien le dijera Harpagón cuando no se convenía en el modo en que se pagaría el libro; el cual podía variar desde un cheque hasta el intercambio. Fue con este último modo que Ramón –llamémoslo así– consiguió una colección completa de los poemas del Siglo IV desde Teodoro Díaz “El Cristiano” hasta Cantos Mundanos del Vulgo Romano antologado por Fellipe Petri, canjeándolos por unas revistas “calientes”, porque, sepámoslo bien, nuestro amigo satisfacía a todos los que querían leer. Asimismo entregó un “Nombre de la Rosa” y un “Dante” por un “Quijote”, porque sabía que a veces los autores son más que sus obras, aunque en otras son los libros más que los autores. Dejo ir, también, colecciones biográficas de grandes futbolistas, cantantes o actores de 15 minutos para recibir en sus estantes libros para colorear.
Pero Ramón tiene que cerrar, no porque la televisión y el cine (que convierten todo best seller en una secuencia de imágenes) le quiten clientela o el Internet deje vacío sus pasillos los domingos; aunque últimamente algo triste se pregunta “¿Dónde están aquellos días en que los niños correteaban entre los aparadores buscando las Fábulas de Esopo o gritando cuando hallaban al Principito?” No es este su caso, Ramón cierra simplemente porque tiene que cerrar, porque la vida está salpicada de momentos como este; donde la sinrazón de la razón es la razón de la acción. Sin embargo, para los que necesitamos una razón lógica, Ramón cierra porque a sus setenta años ha decidido aprender a leer. Sí. Aunque sea imposible creer que nuestro amigo haya vendido libros sin saber leer, él se convirtió por muchos años en un gran librero, respetado por los intelectuales y admirado por lo lectores de secciones ‘interesantes’. Además, sin saberlo, en el ejemplo viviente del poder del mercado.
En sus primeros años cuando su madre desahuciada le encargó vender aquellos objetos que tan dulcemente le había prometido enseñar a cómo descifrar, lo hizo con el dolor de su corazón, pero con más sentido de supervivencia que sabiduría. Aquellos libros fotocopiados fueron su primer producto mercantil. Aquellos títulos fueron los primeros dibujos que su mente grabó, fueron las primeras palabras que conoció, pero no como palabras sino como dibujos en papel, como grafitis en su mano.
Con natural entusiasmo infantil se lanzó al cruce de las avenidas donde su madre lo trajo al mundo, aunque haya nacido en una posta médica él decía que llegó al mundo en aquella esquina y ahí decidió vivir; al borde del desmayo por el hambre y la vergüenza de no vender ni un libro porque nunca supo cómo ofrecerlos. No obstante haber intentado todos los artificios como poner la cara de pena y decir: “cómpreme pe, para sus hijos, les gustará” alcanzando un libro del Kamasutra como si fueran dulces o juguetes para los niños; o peor aún, cuando se le ocurrió decir: “cómpreme señor –con un tono de complicidad– es  el último que ha salido” cuando se trataba de una edición antiquísima o de un autor olvidado. Es así que se vio en la necesidad de ir entrenando a su memoria. Comenzó guardando silencio cual mudo –eso le funcionó los primeros años–. Silencioso cual hijo de viento se acercaba a los autos, enseñaba sus ejemplares con soberbia de ser el único que los tenía, atento al comentario de conductores que le podían decir: “Ah ese Rojo y Negro ya lo he leído, no tienes a Thomas Mann”; “Tienes ese Crimen y Castigo más nuevo”, fue así que asoció la imagen de la carátula con el nombre del libro o las líneas ordenadas de los empastados de un solo color con los nombres de los autores. Los grafitis tomaron significado y familiaridad.
Con el correr del tiempo el silencio le resultaba un problema porque la gente comenzaba a desconfiar de los mudos por temor a no entender cuál es el precio real y, por ende, sentirse engañados; así que recuperó su lenguaje casi olvidado al pie del semáforo donde lloró tantas noches por el frío, dónde durmió incontables tardes cansado por el hambre. Habló y ofreció sin temor un Rojo y Negro o un Crimen y Castigo señalando el libro correcto, siempre atento a lo que decía su interlocutor que le señalaba otro objeto de venta preguntándole: ¿cuánto cuesta ese Perfume de Patrick Süskind? A veces se hacia el sordo, cuando el conductor le hablaba sin señalar, obligándole a que le indicara y le reiterara el nombre para retenerlo en su prodigiosa memoria. Pasó el tiempo memorizando una veintena de títulos entre banales y literarios que le permitieron sobrevivir. Nunca vendió periódicos porque se dio cuenta, la vez que lo intentó, que es un arte en el que se necesita ser buen lector, sino a uno lo descubren leyendo porquerías.
Tras la muerte de su madre y con los años encima decidió dedicarse a vender en la esquina algo más rentable que los objetos llenos de papel trazado porque veía que su competencia se hacía más solvente cada día, que sus clientes se cansaban de los mismos títulos año tras año, pues le costaba mucho adaptarse a los cambios en las carátulas y las formas de las líneas impresas. Sin embargo, el último día de venta vio como su competencia caía fulminada por una crisis inesperada: la policía había ganado la guerra preventiva con dos tiros de pistola liquidando la empresa de comercio. Aunque en su incursión asesinaran a dos malabaristas, llevaran a la cárcel injustamente a los acróbatas y herido a Ramón junto a otros como él,  sin importarles demasiado la suertes de aquellos desgraciados que no resultaban ser más que números imposibles de ser ordenados estadísticamente. Así fue que Ramón regresó a lo único que sabía hacer. Decidió perfeccionarse en lo que hacía, aplicar sus estrategias de memoria y silencio, esperar que su cliente le diera la pista para dar en el clavo de la venta.
De adulto se dio cuenta que había memorizado casi 100 obras solo por la carátula y el grosor del objeto, pero había olvidado el amor y los amigos o mejor dicho los había sublimado por los libros. Puso su sentido de supervivencia ante todos los placeres naturales del hombre. Los amores le asustaban por su temor a no superar la muerte de la amada y perecer por aquella abstracta hambre que sufren los amantes abandonados; al igual que su madre. La familia lo asustaba porque no quería hijos como él y enfrentarlos a cosas como la muerte y el olvido del padre, los amigos le recordaban a su competencia y las mujeres le parecía engañosas como las que se paraban en su esquina al caer la tarde. Todo un asceta y hombre religiosamente rutinario fue en lo que se convirtió Ramón. Aunque algún beneficio le dejó, porque todos saben que el hombre solo necesita una ‘cantidad’ –por ejemplo de dinero– para vivir, el resto es vanidad.
El tiempo y el periodo pre electoral lo lanzaron de su casa por impuestos no pagados y recibos de servicios vencidos, aunque hombre acostumbrado a la luz de la luna y el frío de la calle se vio en la necesidad de un lugar para su mercancía de lo contrario la perdería en una batida de la municipalidad y no tendría qué comer. Fue en ese momento cuando sus compañeros escuchamos su voz contándonos sus penas y le comentamos que el local, donde estaba la chingana y el antiguo bar, estaba clausurado por la municipalidad con letreros anaranjados iguales a los de la puerta de su casa y que la señora estaba desesperada en alquilarlo. Así fue como Ramón con cara de desconfiado se entrevistó con la señora. Su muestra de desinterés y su silencio hizo que la señora se sienta confiada, aunque algo temerosa, por lo que no insistió en la firma de un contrato.
El 20 de septiembre se instaló en la puerta de su local, primero en el suelo a donde llegaron sus clientes más frecuentes (jóvenes de 15 años) en busca de revistas con entretenimiento para adultos. Con el tiempo fue entrando poco a poco en su hogar, abriendo sus puertas para dejar pasar a los universitarios y escolares en busca de revistas de fotos y pinturas de retratos curiosos; los primeros no ofrecían problemas, él los dejaba y ellos solo se vendían, los segundos eran sus favoritos porque pagaban sin preguntar el precio y salían corriendo. Ya llevaba memorizadas quinientas carátulas sin dudar alguna vez cuando le preguntaban.
Su primer contrato lo firmó luego que aprendió a leer su nombre o mejor dicho cuando un joven le intercambió su nombre escrito en un papel dibujado con letras góticas y mezclado con grafiti por una enciclopedia de arte contemporáneo. Desde ese día lo ensayo tantas veces y en tantos papeles que lo aprendió de memoria. Primero signó el contrato de la compra del local, luego los documentos de renta de espacio y concesión de vitrinas y muebles para las editoriales que se las dejaban como obsequio a fin de que promocione tal o cual libro. Es así que sus dos cualidades: su capacidad de memoria y su rutinaria vida le permitieron prosperar en la venta de libros. Lo mismo les sucede a los hombres con pasiones, a los que entregan su alma y espíritu a un solo amor, aunque este sea una montaña, un deporte o la simple idea de no morir de hambre bajo el abrazo de la miseria.
Al principio respondía: “Aún no he leído ese libro” cuando le preguntaban por algún título. Con el tiempo cambio de estrategia y colocó un libro medianamente grueso en el mostrador, junto a la caja, para que sepan que estaba ocupado leyendo y no le preguntasen cosas y, cuando esto sucedía, siempre respondía, además del “aún no he leído el libro”, “es muy bueno” o “es muy interesante”; luego, volvía a ver esas líneas intrigadísimo por saber qué podían esconder aquellos órdenes. Una tarde al cambiar de libro de pasarela (cuando marco las primeras cinco hojas) alguien le comentó que ya había leído la obra y que le fascinó la parte que hablaba de..., y cuando el personaje hizo…, pero que le había encantado más el final que era cuando… Así hasta que le contó toda la obra, con lo que puedo vender más libros, ya que siempre que pudo preguntó ¿Todavía no he leído ese libro de que se trata? Además nuestro muy hábil amigo se paseaba por librerías viendo los más vendidos, o mejor dicho, los mejores exhibidos interrogando a los vendedores y memorizando las carátulas que le ofrecían en la calle; preguntando a los proveedores “¿cuál es el que más está saliendo?”; escuchando en los programas culturales comentarios y opiniones, memorizando las portadas. Era un buen comerciante, aunque nunca pudo disfrutar del descubrir de cada página y de cada idea en una novela; nunca pudo formarse su propia forma de ver la forma de ver –el mundo–  de otro.
Un hombre solitario y sombrío; con generosas pestañas que le daban un aura delicado, pero sensual. Su mirada profunda como la de los hombres que te comen con los ojos, aunque él solo estuviese memorizando, lo hacía aun más atractivo. Elegante y apuesto ya que siempre vistió como si estuviese de misa, siempre con camisa, en verano o invierno; su madre le había heredado: “Siempre te juzgarán en la forma que te presentes al mundo, así que siempre debes dar tu mejor cara”. Siempre la dio. Lástima que nuestro Ramón perdiera, a pesar de su belleza, la oportunidad de casarse en tres ocasiones debido a que no supo qué decía ese papel perfumado que le había dejado aquella bella señorita, aunque siempre guardó con nostalgia cada carta. Pensaba que era triste la vida del hombre al que no se le podía decir las cosas cara a cara, que se necesitaba un papel de por medio.
Ahora le echa candado a la puerta, mira por última vez sus estantes vacíos como la primera vez que abrió la tienda cuando tenía que acomodar los libros, los cuales fue colocando, venciendo su incapacidad de leer, de acuerdo a los colores o dibujos que pueda tener la pasta. Aunque fue un caos al principio porque cuando los lectores encontraban un Quijote entre las manuales de economía y lo movían a los estantes de literatura; o cuando movían de los libros delgados las revistas de deportes para ponerlos junto con las enciclopedias para niños; o cuando escondían los ‘playboys’ debajo de las revistas de caballos el que pasaba noches enteras reorganizando su universo por formas y colores era él. Hasta que la fuerza de la costumbre o aquel momento de pereza que todos tenemos le hizo dejar todo como estaba. Además sabía a simple vista cuáles eran novelas y cuáles libros académicos, el tiempo le permitió memorizar mil empastaduras. Ahora se entrenaba con las líneas impresas en carátulas de un solo color, veía las palabras como dibujos repetidos que se mezclaban en series formando nuevos dibujos que hacían referencias a títulos o autores. Para algunos, tal vez, esto es leer, sin embargo leer es descubrir lo que otro vivió, pensó o sintió, no simplemente descifrar lo que escribió, es por eso que  Ramón nunca pensó que supiese leer, es por eso que sus paredes nunca presentaron una frase escrita por él: un anuncio de cerrado o abierto. Nada que no fuera remotamente memorizable o memorizado.
De la misma manera recuerda cómo la moda determinaba la ubicación de autores y libros, así Joyce estuvo siempre al alcance de la mano a fines de año cuando las alumnas del colegio iban a buscarlo o Sartre era dueño de Junio cuando las universidades pedían su lectura. Además, su buena memoria le permitió retener el lugar donde colocaban el libro luego que le preguntasen, por ejemplo: ¿Cuánto cuesta este Príncipe de Maquiavelo aquel que tiene un tablero de ajedrez con la reina y los alfiles en la tapa? – así conoció, también, los libros de temas diversos: por asociación–. Tan familiar se hizo la librería que por muchos años los libros se vendieron sin más problemas que la falta de sencillo para el vuelto. La clientela se acostumbró al orden cuántico de los libros en La Librería de Ramón; quién con sólo la pasta, la cantidad de hojas, la emoción de un lector frente al libro podía determinar el valor del mismo, lo que le permitió adquirir obras valiosísimas. Porque un buen comerciante también estudia a su clientela y sabe que el buen lector es capaz de estar meses sin comer para adquirir el último título de su escritor favorito. Sabe que los niños pueden dormir en la acera en busca del nuevo título de aquel chico de anteojos, porque sabe que toda pasión, aunque sea por la lectura, nos roba la razón.
Al fin da la última vuelta a la cerradura, al fin se vuelve en dirección a la calle. Lleva la cabeza baja como si los años le pesasen, como si las voces de los que descubrieron que no sabía leer lo siguiesen atormentando con aquellas palabras llenas de rencor y de odio porque se sintieron engañados por alguien “inferior” a ellos. Tal vez las calumnias le hicieron cerrar el negocio; tal vez se cansó de desenmascarar a los “superiores” que intentaban engañarlo al tratar de comprar un libro, ya que seguramente pensaban que la falta de lectura de Ramón, hacían de él, alguien estúpido. Pero se lo niega con la cabeza y se lo afirma con el corazón. Él cierra porque a sus 50 años quiere aprender a leer, eso es lo que se dijo la mañana que se afeitaba y descubría en el espejo un hombre ansioso por la lectura. Lleva en brazos un libro: “Sólo para lectores: Historias del viejo…” donde está la causa de su afán por la lectura: haber descubierto, mejor dicho, haber leído su nombre en el título (tal cual se lo dibujaron años atrás) de uno de los cuentos del libro. Lento se dirige a la noche encendiendo un cigarrillo más por temor que por vicio, le sonríe a los cincuenta años que no ha fumado. Ramón llora, llora emocionado como un niño rumbo a su primer día de clase.

Corregido 31/10/2010.